Una antología pasajera

Por Andrés Cisnegro

           Cada vez que atravieso la calle de Gante, en el centro histórico de la Ciudad de México, me vienen a la mente aquellas noches alrededor del año 2000 cuando un grupo de poetas se reunía todos los sábados a calle abierta, en un costado del monumento de Fray Pedro, entre la 16 de septiembre y Venustiano Carranza. Se hacían llamar Pasajeros en voz de quien tuvo la iniciativa, Fernando Rosales, traficante de libros raros y otras argucias, que con poemas breves y lúdicos no perdía oportunidad para expresar su cinismo ilustrado y a la vez, dar a conocer la voz de poetas callejeros.

Tres Sorbos de Café

(para leer en voz alta)

César González 'Chico'

 

… Rafael caminó con dificultad por lo que quedaba de la calle que había conocido hace muchos años cuando recién llegó a México con su familia… venían huyendo de la dictadura chilena y se habían salvado por los pelos de ser asesinados… cuando aterrizaron en la ciudad gris y hostil que iba a ser su hogar de ahora en adelante -si hogar podía llamársele al crudo exilio- venían con lo puesto, como los supervivientes de un naufragio…

 

…tres décadas después todo es distinto... los solemnes guardias de la entrada han sido sustituidos por dos guapas edecanes (eso no tiene nada de malo) que te obsequian un infamante bicornio napoleónico hecho de cartón y te invitan, entusiastas, a ponértelo antes de entrar... — que no decaiga el ánimo, esto será una tumba pero la alegría no se puede perder— ...y allá va un tropel de alegres turistas, grandes y chicos, con su gorrito de aquí para allá toqueteando todo, buscando un trozo de mármol un poco suelto para llevarse a casa y sacándose selfies con el catafalco del infortunado Napoleón... a la salida hay una tienda de souvenirs que vende figuras del emperador metiendo y sacando la mano de su casaca que hacen las delicias de los niños...

 

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Objetos extraviados

Andrés Cisnegro

I

Es curioso cómo la máquina de tiempo que es el cuerpo, evoca una escena a través de un olor, una seña, un objeto. Una escena viajando en la nada. Los signos de esta memoria cual directriz a un destino. Y el origen, la creación de la página en blanco para trazar con hilo el laberinto de una escritura que cala en la piedra del silencio una ruta para acceder a esa casa, ciudad, estrella.

...cuando era niño me perdí en el supermercado... en realidad no me perdí yo, que estaba justo donde me habían dejado; se perdió mi mamá... yo estaba contemplando un refrigerador inmenso, repleto de jamones, salames y salchichas de esas que parecen pulgares de niño chiquito... ella, mi madre, se había puesto a conversar con una vecina copetona que hacía sus compras a esas mismas horas y que conducía su carrito en sentido contrario... 

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