Por José Gordon

 

¿Se puede leer a otra persona como se lee un libro?, le pregunté a Amos Oz. Su respuesta fue inmediata: “No puedes leer a un extraño tan fácilmente como puedes leer un libro, porque un libro se abre para ti y un extraño no, pero puedes ser curioso”.
Esa curiosidad fue la marca distintiva de un novelista que trataba de penetrar las diversas capas de la condición humana como si se tratara de una exploración geológica: ¿Qué dice un leve gesto sobre el mundo interno de una persona? ¿Cómo retrata las emociones de una mujer, la forma en que apoya el peso de su cuerpo? ¿Cuál es la distancia entre lo que uno piensa que desea y lo que realmente piensa y lo que realmente desea? ¿Se puede tocar la misma esencia de otra persona?
Para dar respuesta estas interrogantes, Amos Oz desarrolló un profundo y fino proceso de observación. De hecho, decía que si pudiera ser el primer hombre en Marte o ser una mosca para volar dentro de los cuartos de la casa de sus vecinos, optaría por ser la mosca. Y eso es lo que hacía. En una estación de tren, en un aeropuerto, en una sala de espera de un dentista, se dedicaba a observar los rostros de las personas y a deshilar sus posibles historias. En la última conversación que sostuve con él, me comentó que tenía que confesar que siempre espiaba la gente, que le fascinaba adivinar sus vidas al observar sus miradas, ver sus zapatos o al escuchar fragmentos de sus pláticas. La metamorfosis de Amos Oz en mosca le permitió sobrevolar las recámaras íntimas de otras vidas e intuir el incendio que habita dentro de la piel de otras personas. ¿Qué es lo que pasa en otro cuerpo, cómo se percibe una experiencia desde ahí, qué pasaría si yo fuera él, ella o mi enemigo?
Es desde esta perspectiva literaria que se pueden entender sus posturas políticas en ensayos tan importantes como Contra el fanatismo. La lucha del escritor israelí por una solución justa y pacífica al conflicto en Medio Oriente, se vincula con su capacidad de imaginar al otro. En una estampa memorable del discurso con el que recibió el Premio Príncipe de Asturias en 2007, Amos Oz nos pide que nos asomemos a ver a dos mujeres que a la vez se asoman por una ventana: una mujer palestina, en una casa en Nablus y la otra, una mujer israelí judía, en una casa en Tel Aviv. Ambas a pesar de las aparentes diferencias, comparten las mismas pesadillas y los mismos sueños y esperanzas. El problema es imaginar al otro. Y eso es a lo que Amos Oz se dedicó en cuerpo y alma, a imaginar al otro mediante sus ensayos y novelas, mediante el afinamiento de su percepción.
Este ejercicio le permitió en más de una ocasión leer al otro en la vida real como cuando uno comprende de golpe la dimensión de la tragedia de un personaje en una novela. Un ejemplo de ello me lo contó el escritor Etgar Keret, al hablarme de su primer cuento titulado Tuberías, en donde alude sin decirlo de manera explícita, al suicidio de su mejor amigo. Me dice Keret:
“Cuando escribí mi primera historia, aún sin posibilidades de publicarla todavía, le envié una copia a Amos Oz. Él me contestó al día siguiente, algo atípico en un escritor que recibe tantos correos. Leyó el cuento Tuberías y su reacción instintiva fue un cierto miedo. Me dijo: “Leí tu historia y vi tu sufrimiento, vi que estás lastimado. Yo soy un hombre mayor y créeme, ya pasará. Todo va a estar bien. Me dio consuelo, fue algo muy cálido. Ni siquiera lo leyó con ánimo literario. Vio en la historia un grito de ayuda.”
Esa posibilidad de tocar al otro en toda su complejidad está vinculada con la capacidad de Amos Oz de registrar en su narrativa los matices más sutiles del mundo interno y externo de sus personajes. El novelista está atento a la música de las palabras y a la plástica de escenarios y paisajes que, al estar interconectados, revelan con precisión y belleza el lado invisible de lo visible. Estos hallazgos nos abren progresivamente a capas más profundas de nuestro ser. Eso siempre me fascinó en su obra: el encuentro con descubrimientos y contradicciones que ensanchan la mirada, la agudeza de ideas que nos permiten alumbrar la condición humana. Una muestra de ello aparece en un escrito
en donde se adentra en la idea de John Donne que plantea que ningún ser humano es una isla. El novelista abunda:
“Cada uno de nosotros es una península, con una mitad unida a tierra firme y la otra mirando al océano. Una mitad conectada a la familia, a los amigos, a la cultura, a la tradición, al país, a la nación, al sexo y al lenguaje y a muchos otros vínculos. Y la otra mitad deseando que la dejen sola contemplando el océano.”
¿Cómo conciliar los opuestos? ¿Podemos salir del laberinto de la soledad? ¿Se puede tocar la esencia del otro?, le pregunté a Amos Oz. Su respuesta fue memorable: “Hay momentos pasajeros en donde se caen las máscaras y podemos vernos uno al otro. Algunas veces a través de la literatura, algunas veces a través del amor, algunas veces mediante la curiosidad. Son solamente momentos. No hay forma en que podemos meternos dentro de la piel de otra persona por siempre, por mucho tiempo, por un mes, por una semana, por un día. Ese milagro sólo ocurre por unos instantes y ese milagro es una comunión, es una comunión entre una persona y otra persona. A leer libros, algunas veces me ha pasado como lector que un personaje se vuelve por un rato, por un momento, en una página, se vuelve totalmente una parte de mí. Me envuelve. Este es el milagro de la literatura”.
Con estas palabras se terminó la última entrevista televisiva que le hice a Amos Oz. Me sonrió con gran afecto y nos invitó a tomar un café junto con mi productor y amigo Froylán López Lavín y junto a sus seres más queridos en Tel Aviv. Hablamos de Martin Buber, de la posibilidad de una comunicación en donde podemos fundirnos en una dimensión que trasciende el espacio y el tiempo. Me comentó que a Buber no se le leía mucho en estos días pero que era un filósofo que regresaría. Había en el fondo de su mirada una resiliencia hecha de sabiduría y compasión para enfrentar las tragedias contemporáneas. No dejaba de verlas y denunciarlas incluso con fiereza, pero a la vez no perdía la perspectiva. Las palabras de Etgar Keret resonaron a posteriori en torno a este momento: “Yo soy un hombre mayor y créeme, ya pasará. Todo va a estar bien”. Estaba frente al narrador de una historia de amor y oscuridad que sabe leer la novela completa y que ha conocido el milagro de la existencia, del conocimiento y del arte. Tanto en la vida individual como colectiva aspiraba a una solución dramática a nuestros conflictos que preservara la vida. Decía que en las tragedias de Shakespeare todo terminaba en un baño de sangre con la justicia poética levitando por encima de los cadáveres. En contraposición a este desenlace, se consideraba un discípulo de Chéjov en donde la tragedia se resuelve más allá del machismo, con compromisos, con personajes desilusionados y melancólicos, pero vivos.
Hace unos días, antes de que falleciera Amos Oz, me encontré con una poderosa idea que planteó en una reciente conferencia: “Lo que perdiste en el tiempo, no trates de recuperarlo en el espacio”. Al perder en el espacio la voz crítica, valiente y limpia de Amos Oz, la única forma de recuperarlo nos queda en sus ensayos o en novelas como Tocar el agua, tocar el viento, La Bicicleta de Sumji, Judas o Una historia de amor y oscuridad. en la que, por cierto, reflexiona sobre lo que nos espera después de la muerte. En uno de los pasajes de esta obra recuerda la voz de Hugo Bergman, su entrañable maestro de filosofía, quien fuera compañero de clase de Kafka. Amos Oz narra lo que el viejo profesor le dijo a un pequeño grupo de jóvenes ávidos de conocimiento entre los que se encontraba el novelista en ciernes:
“Si yo cuento esta tarde que a veces oigo la voz de los muertos y que su voz es más clara y comprensible para mí que la mayoría de las voces de los vivos, tienen todo el derecho a decir de inmediato que este viejo se ha vuelto loco. Que ha perdido un poco la cabeza por el espanto que le causa la cercanía de la muerte. Por lo tanto, no les hablaré de voces. Esta tarde les hablaré de matemáticas: como naaadie sabe si hay algo o no hay nada más allá de nuestra muerte, de este desconocimiento absoluto se puede concluir que la posibilidad de que exista algo es exactamente igual a la posibilidad de que no exista nada. Un cincuenta por ciento para la aniquilación y un cincuenta por ciento para la pervivencia. Para un judío como yo, un judío de Centroeuropa de la generación del holocausto nazi, esa posibilidad de pervivencia completamente estadística no es en absoluto despreciable.”
Amos Oz apunta que este tema también le obsesionaba a un amigo y adversario intelectual de Bergman, a Gershom Scholem, el gran estudioso de la cábala y la mística judía, citado en un célebre poema de Borges. Cuando en 1982 Amos Oz se enteró por la radio de la muerte de Scholem escribió lo siguiente:
“Gershom Scholem ha muerto esta noche. Ahora lo sabe.
También Bergman lo sabe ya. También Kafka. Y mi madre y mi padre. Y sus conocidos y amigos, y la mayoría de los hombres y mujeres de aquellos cafés, aquellos que utilicé para contarme historias y aquellos que han caído en el olvido, todos lo saben ahora. Algún día nosotros lo sabremos y mientras tanto seguiremos recopilando aquí diferentes datos. Por si acaso.”
Y ahora Amos Oz lo sabe y nosotros lo sabremos algún día. Mientras tanto ya no lo buscamos en el espacio, lo buscamos y lo encontramos en su literatura y en el tiempo de la memoria, agradecidos por esos momentos pasajeros en los que algunas de sus páginas, sus personajes y su misma persona (que hoy parece de novela) nos envolvieron.

Por Iván Méndez González

 

Desde una perspectiva neurofenomenológica, ponemos el énfasis en recordar que la percepción se relaciona con el movimiento (action in perception, Alva Noë) al reflexionar sobre el esquema corporal y su dinamismo, que regula los procesos neurales implicados en el sistema sensoriomotor. No se trataría de una cuestión de cómo se simboliza un mundo pre-dado. Se trata de ver cómo nosotros enactuamos un mundo para habitarlo corporalmente. Esto afecta directamente a cómo entendemos la memoria, pues la consideramos desde una problemática espacial.

Tres Sorbos de Café

(Para leer en voz alta)

 

CESAR GONZALEZ CHICO FOTO4

 

Por César González “Chico”

 

Primer sorbo

 ... — ¿pero por qué tendríamos que leer y por qué veinte minutos? preguntó...

... al principio no entendí... llevaba un rato hablando acerca de los libros que me gustan y disertaba acerca del amor pasional que les profeso todavía a Milady de Winter y a Yolanda Morgan, la hija del corsario negro, cuando levantó la mano...

... — ¿pero por qué tendríamos que leer y por qué veinte minutos?...

... preguntó sin premeditación ni alevosía aunque sí con ventaja, porque la acompañaba una turba de ciento cincuenta adolescentes iguales a ella, con cara de estarme haciendo todos la misma pregunta...

... soportar a más de dos adolescentes en una misma intersección espacio-temporal pertenece, parafraseando a los profesionales del eufemismo educativo, a mis áreas de oportunidad... ya no se diga si además debo intentar comunicarme con ellos...

... — la lectura no pertenece al deber, pertenece al placer… es una forma de la felicidad y no se puede obligar a nadie a ser feliz de tal o cual manera, le respondí... ¿quién te dijo esa idiotez de los veinte minutos?...

... señaló algo a mi espalda... me di vuelta y vi que al fondo del escenario proyectaban un cartel promocional inmenso con el actor Diego Luna en pose de Fred Astaire, sosteniendo un libro entre las manos y con una leyenda que decía: "Lo que importa está en tu cabeza, lee 20 minutos al día"... firmaba el Consejo de la Comunicación, Voz de las Empresas...

...— mierda, dije sorprendido... el micrófono que lamentablemente funcionaba a la perfección amplificó cada sílaba...

...también a mi espalda pude ver los rostros desencajados del director de la escuela, de varios maestros, de algunos padres de familia, del licenciado no sé qué, que luego supe era responsable de llevar la campaña de leer 20 minutos a las escuelas, de la maestra de piano, del profesor de deportes, etc, etc... todos estaban allí... estaba también mi amiga Elena, quien me había hecho directamente la invitación...

... —vente un día a la escuela para que les platiques a mis alumnos de tus libros, a ver si algo se les pega... tenía una mano sobre la boca como apagando un grito y negaba levemente con la cabeza...

...se hizo un silencio largo e incómodo... yo miraba absorto la versión gigantesca de Diego Luna, el presidium me miraba amenazante, Diego Luna miraba fijamente su libro y en el auditorio resonaba la última palabra dicha por el ponente: mierda, mierda, mierda…

...—pues me parece, dije al fin, que independiente de lo que diga Diego Luna aquí presente, nadie debería leer si no quiere; ni siquiera veinte minutos… un murmullo de tensión recorrió el auditorio...

...—dirán ustedes que cómo es posible que en un evento de fomento a la lectura les aconseje no leer... pues ese es mi consejo; no lean si no quieren y sobretodo no permitan que nadie los obligue a hacerlo porque les está quitando la posibilidad de querer después... pero sí les digo que quienes no leen, se pierden una de las formas más exuberantes de la felicidad, de la belleza, del placer y de lo que significa ser humano... dicho esto termino, buenas tardes...

... no hubo ovación; unos pocos aplausos tímidos, saludos de protocolo en el presidium, un diploma que ponía mi nombre sin acentos y la mirada gélida de Elena que no ha vuelto a hablarme desde entonces...

... salía yo en derrota rumbo al estacionamiento cuando un muchachito rubio y gordito me alcanzó corriendo y se me puso delante...

... — oiga ¿y esa Yolanda Morgan era guapa?...

…— no te imaginas, le dije…

… no todo está perdido, siempre hay un justo en Sodoma, pensé…

 

Segundo sorbo

… — ¿C, cuál es tu libro?...

… la pregunta no encerraba generosidad alguna… en realidad era una trampa más de esas con las que la escuela hace todo lo posible por hacerte odiar los libros…

… el profesor E olía extraño, imposible determinar a qué exactamente; era una mezcla entre grasa de zapatos, humedad y mal aliento… a veces también olía a sopa de fideos… tenía unos ojos de ratón que miraban a través de unas gafas gruesas de carey y parpadeaba todo el tiempo como si la luz del mundo lo lastimara… casi no se le veía el blanco de los ojos…

… — ¡C, carajo!, ¿cuál es tu libro?, me apuró…

… — el 37 profesor E

… — ¡Ah!, Benito  Pérez Galdós, “Los Duendes de la Camarilla”… una delicia, te va a encantar…

…  había una biblioteca pero todos los libreros estaban cerrados con llave… la llave la tenía el profesor E colgada del cuello con un listón rojo, como si se tratara de la llave que abría el cinturón de castidad de su puta madre…

… la mente obtusa del profesor E había desarrollado un extraño sistema para determinar qué libro debíamos leer; una suerte de lotería apocalíptica en la que sumaba tu número de lista con la fecha,  a lo cual se le restaba el número del libro que habías leído la semana anterior… ese te tocó y ese leías…

… —bueno analfabetas, ya saben, resumen de tres cuartillas para la semana que viene… disfruten…

… —me cago en Benito Pérez Galdós, le dije a mi amigo A en el recreo, no pienso leerlo…

… —tienes suerte; a mí me tocó “La Economía de América Latina en el siglo XIX”…

… —ese me tocó a mí la semana pasada, dijo F que se había unido al grupo… y ahora “Las Vidas Paralelas” de Plutarco…

… yo no había leído uno solo de los libros que me imponía la esquizofrénica lotería del profesor E y mi calificación corría peligro, pero ya me había cagado públicamente en Don Benito Pérez Galdós, así que claudicar y leer “Los duendes de la Camarilla” ponía en peligro mi honor…

… intentando rescatar mi calificación y mi honor, tentando a la suerte, escribí un muy digno resumen de “Los Duendes de la Camarilla” en versión libre del célebre narrador C… es decir, lo inventé todo… ni una sola línea de ese resumen tenía nada que ver con lo que el buen don Benito escribiera, pero me quedó tan bien y lo leí con tanto aplomo que el profesor E me felicitó… así descubrí, confirmando mis sospechas, que el tortuoso profesor E  no había leído ni madres  y que escribir podía ser muy divertido…

  

… —señor C ¿título y autor de su libro por favor?...

… se llamaba L y era lo más hermoso que un moconete de cuarto año como yo había visto jamás… llegó de pronto, sin previo aviso e inició para mí el largo ciclo en el que me enamoraba de mis maestras… dijo que venía a sustituir al profesor E que había enfermado de escorbuto, tripanosomiasis africana, leptospirosis o alguna enfermedad extraña y merecidísima… dijo que como pensaba continuar sobre la línea marcada por el infausto profesor E teníamos que leer un libro a la semana… sacó la llave –no sé si eso de que la sacara de lo profundo de su escote fue real o imaginario- y abrió los libreros de par en par…

…—bueno muchachos, ahí están los libros, dijo, tómense su tiempo y escojan con cuidado… cuando hayan elegido vuelvan a su lugar…

… yo la miraba fascinado y muy, muy a lo lejos, como en un sueño, escuchaba su voz pasando lista y tomando nota de los libros que habían escogido mis compañeros…

… — ¿señor C?, ¿señor C? me miraba sonriendo… ¿usted es el señor C?

…—sí, yo soy, perdón… estaba distraído…

…— ¿no me escucha?, ¿me puede dar por favor el título y el autor del libro que escogió?...

…—sí, claro, dije;  con la emoción de quien intuye que está por comenzar un largo viaje… Moby-Dick, la ballena, de un tal Herman Melville…

 

Tercer sorbo

… mi peor pesadilla es una en la que pierdo la memoria… me miro al espejo sin reconocerme y vivo en una casa en compañía de extraños… he olvidado el nombre de las cosas y para qué sirven… me encuentro de pronto mordisqueando el jabón y sacudiendo los muebles con el gato… salgo a caminar en una ciudad desconocida en la que todo el mundo me conoce… todos parecen saber cosas de mí; mi nombre, mi dirección, tal vez mis oscuros secretos… cosas que yo ignoro, que alguien tendría que contarme de mí mismo… como a aquel famoso guitarrista de jazz que estuvo en coma muchos años y que cuando despertó no recordaba nada… tuvieron que explicarle que solía ser guitarrista y que tocaba jazz… al final el tipo tuvo suerte y terminó tocando mejor de lo que lo hacía antes de entrar en coma, pero nunca nadie supo si volvió a reconocerse cuando se miraba al espejo…

…ayer escribí sobre mi sombra para no morirme del susto si pierdo la memoria; para explicarme que ese no soy yo, que esa mancha oscura y deforme que me sigue a todas partes arrastrándose por el piso y restregándose en las paredes no es mi exacto reflejo, sino sólo la sombra de la sombra que soy en mis pesadillas sin memoria…

… ayer escribí cinco o seis cuartillas sobre tus ojos para jamás olvidarlos, para saber siempre que sirven para mirarme en ellos y para que no se me olvide nunca que los hice llorar…

 

El poso del café

...hay quien apaga el amor como se apaga la luz, como se cierra el grifo...dichosos ellos...para mi es una lucha contra el incendio, contra la inundación.

por José Falconi

 

Vagaluz es una iniciación al silencio. En él comienza y en él termina. Pero antes Carmen Nozal busca que sus identidades poéticas usen como vehículo los elementos más fluidos, capaces de penetrarlo todo: el aire, el agua, el fuego y aún el tacto sutil de la ausencia. Las luces de Vagaluz son espectrales, especulares y, para mejor lucir, luciferinamente buscan entintar la noche, la oscuridad y sus elocuentes hermanas: la soledad, la voz negada, la nostalgia de lo que ya no es, la experiencia del desamor. Todo en este bello libro tiene la densidad casi evanescente de lo especular, como si lo ido que se está poetizando fuera el fantasma de un nublado espejo.

 

rocio garcia rey

Por Rocío García Rey

 

Pedro Páramo es una novela fundamental de la literatura contemporánea en el ámbito hispanoamericano. Fue publicada en 1955 y cabe recordar que  en su momento, no tuvo la aceptación  unánime de sus lectores. En palabras de Carlos Fuentes:

Todos estos reproches partían de concepciones unánimes de la novela como unidad de personajes, argumento y estilo. La elipsis narrativa de Rulfo desconcertaba a los críticos y lectores de novelas “bien hechas”, es decir, adheridas a la lógica y sin resquicio de misterio. La cercanía de Pedro Páramo a la forma poética enajenaba, también, a críticos y lectores acostumbrados a novelas que lo eran porque, a la manera de Zola, describían detalladamente muebles, calles, carnicerías y burdeles… (http://www.proceso.com.mx/486897/sobre-pedro-paramo)

Estos reproches se entienden a la luz de nuevas lecturas que permiten interpretar la obra literaria desde le creación y re-creación del lenguaje y de los temas. Es en el segundo punto en el que me centraré para seguir escudriñando “rutas de interpretación”, como las llama Wolfgang Iser, con respecto a la obra rulfiana.

pedro-paramo-taller-fce.jpg

El comentario con respecto al tema de Pedro Páramo lo haré en clave de los estudios de género, particularmente de aquellos planteamientos de Sonia Montesinos vertidos en el libro Madres y huachos. Alegorias del mestizaje chileno. ¿Qué tiene que ver el planteamiento acerca de la cultura chilena con la obra de Rulfo?  La relación la podemos hallar rápidamente si nos concentramos en el inicio de la novela. Es este inicio que nos proporciona la clave del periplo del hijo abandonado que va a buscar al padre ausente. Al hombre cuya única claridad es su ausencia, su abandono. “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”.

Con el inicio se abre el periplo de la búsqueda transformada en historia de un duelo no resuelto, un dolor que el hijo acumulará sin entender que la ausencia del padre es la presencia de la misma muerte. Es preciso prestar atención, además, en los tiempos verbales utilizados en el inicio: “Vine” y “dijeron” corresponden al pasado perfecto simple, utilizado para las acciones finiquitadas, estos verbos conjugados se enfrentan al copretérito, el cual  “indica que una acción pasada es de carácter duradero o sin límites precisos (http://dem.colmex.mx/repository/pdfs/0041-44TiemposVerbales.pdf ), por ello “vivía” marcará la esperanza de hallar al padre,  hallarlo porque el hijo ha vivido cobijado sólo bajo la sombra mariana de su madre. En efecto, como Navarrete González lo señala:

[…] por asociación metafórica, la virgen se entendería como figura de mujer latinoamericana (huacha madre) capaz de limpiar y salvar tanto el dolor como la vergüenza del sometimiento acarreado por el bastardaje.

pedro-paramo-1.jpg

“Todos somos hijos de Pedro Páramo” se lee en la novela, lo que implica el bastardaje simbólico, circunstancia de un cúmulo de hombres que no fueron asimilados por la figura paterna y por ello mismo esa figura es la gran “anima” que  nunca acunó a los hijos. Los hijos fueron sostenidos -como en la iconografía occidental podemos verlo- únicamente por la madre, también, abandonada. Así como en obras por demás canónicas, varios son los personajes hombres que cargan a cuestas el dolor acallado (pensemos, si deseamos ubicar a uno de estos personajes en Ulises cuya cicatriz, al final sólo pudo ser  reconocida por Euriclea), en Pedro Páramo la pena que pesa por sobre todos es el de Juan Preciado, quien busca aunque sea los esqueletos para poder armar completamente su identidad.

El hijo olvidado carga una doble herida – no cicatriz- la del abandono hacia el binomio madre – hijo. Juan Preciado, por ello, guarda con sumo cuidado las palabras de la madre:

-No vayas a pedirle nada. Exígele lo nuestro. Lo que estuvo obligado a darme y nunca me dio… El olvido en que nos tuvo mi hijo, cóbraselo caro.

-Así lo haré madre.

Bajo la óptica de Montesinos el padre ausente es la herencia del conquistador  (también ausente). Cuando el hijo quiere tener una primera “fotografía” del tal Pedro Páramo, como lo llama, se encuentra ante la respuesta “Pedro Páramo es un rencor vivo”.  Esta es una segunda clave, si consideramos que el copretérito ahora ha sido desplazado por un presente. Encontramos la oración armada de la siguiente manera:

 Es (verbo) + un (artículo indefinido) + rencor (sustantivo) + vivo (adjetivo)

Es entonces que el juego retórico de la tesis / antítesis unido al juego oximorónico proporcionan al lector la pauta para asumir que la novela es un entramado, una yuxtaposición entre Eros y Tánatos.  Tánatos está presente desde el mismo título, porque Pedro significa piedra que aquí bien podemos extrapolar a la imagen de tumba y Páramo es “Terreno llano, yermo, desabrigado, y generalmente elevado”. Se trata de un personaje que encarna la diégesis misma: la muerte con su principal correlato: la ausencia y su persistente resentimiento. Lo único vivo es la hostilidad y la certeza que lanza a sus hijos de no haber estado más que como un rumor.

rulfo_juan.jpg

¿Cómo hallar al padre doblemente ausente? ¿Cómo entender que se ha llegado al lugar indicado por la madre y se halle el inexorable aserto “Pedro Páramos murió hace muchos años”? La salida y entrada al mismo tiempo es seguir sumergiéndose en el mundo onírico, en un tiempo irreal, en el que como en los sueños es posible empalmar tiempos.  Juan Preciado, entonces, sigue su periplo de muerto viviente, pues tiene el arraigo a la madre, pero la identidad del padre es un obstáculo para entender quién es en su totalidad. Aunado a lo dicho es importante señalar cómo Luis Preciado el huérfano de padre, hace la defensa a ultranza de la madre.

  • Tu padre ha muerto -le dijo.

Y luego, como si se le hubieran soltado los resortes de su pena, se dio vuelta sobre sí misma una y otra vez, una y otra vez, hasta que unas manos llegaron hasta sus hombros y lograron detener el rebullir de su cuerpo.

[…] otra vez el llanto suave pero agudo, y la pena haciendo retorcer su cuerpo.

  • Han matado a tu padre.
  • ¿Y a ti quién te mató madre?

La madre murió asfixiada de abandono, sin sentirse legitimada, por ello lo único que puede heredar al hijo son los recuerdos, los recuerdos que son la gran cadena para enlazar todo el correlato de la novela: la desolación, la tristeza. Incluso el otro personaje clave femenino que es Susana San Juan sólo puede ser consolada por su padre con el desconsuelo: “Déjame consolarte con mi desconsuelo”. Es entonces, que nuevamente, también nos enfrentamos al juego de opuestos, al juego oximorónico que adquiere lógica en un mundo donde todo es muerte y lo único vivo es la memoria que cruza postales ora de anhelos, ora de la “Media Luna”.

La gran prolepsis, hemos dicho en el título mismo, ello no implica que sigan apareciendo claves totalmente literarias a lo largo del texto. Susana San Juan quien pareciera estar más en la balanza de Eros, es presentada en una escena.

-¡Dame lo que está allí Susana!

Y ella agarró la calavera entre sus manos y cuando le dio la luz le dio de lleno la soltó.

  • Es una calavera de muerto –dijo.
  • -Debes encontrar algo más junto a ella. Dame todo lo que encuentres.

El cadáver se deshizo en canillas; la quijada se desprendió como si fuera de azúcar. […] Y la calavera primero; aquella bola redonda que se deshizo entre sus brazos.

Ese es el mundo en que Rulfo, después de haber leído La amortajada, de la chilena María Luisa Bombal, crea para los lectores. Un mundo en el que el eje es la piedra tumba que no terminó, en términos figurados, de escribir en su epitafio el nombre de todos sus hijos; un mundo en el que el gran panteón que es la Media Luna es el topos en el que se ubica el otro correlato de la historia: “El hueco simbólico del Pater”, como lo ha llamado Montesinos: “Pensamos en el hueco simbólico del Pater, en el imaginario mestizo de América Latina, será sustituido por una figura masculina poderosa y violenta […] El padre ausente se troca así en la presencia teñida de potestad política, económica y bélica […]” http://www.biblioteca.org.ar/libros/151505.pdf

En  Pedro Páramo, sin embargo, la posibilidad de que los hijos huérfanos completen su nombre, una vez que sean conocido, re- conocidos y nombrados por el padre, se diluye, se vuelve polvo. Y es así que la ausencia es perennidad vuelta muerte dibujada, fotografiada con palabras.

El padre es inaccesible porque ha estado en el mundo de Tánatos. Leamos el final de la novela:

Se apoyó en los brazos de Damiana Cisneros e hizo intento de caminar. Después de unos cuantos pasos cayó, suplicando por dentro, pero sin decir una sola palabra. Dio un golpe seco contra la tierra y se fue desmoronando como si fuera un montón de piedras.

Un hombre no puede bajo las construcciones culturales suplicar públicamente, por ello es tan importante ver cómo funciona el gerundio: suplicando más por dentro. Se trata de la locución adverbial que nos da a conocer que Pedro Páramo también fue la herencia de la orfandad multiplicada en el mundo de los muertos. Quizá mimesis de tantos hombres que sin entenderlo, sólo vivieron bajo el resguardo de la madre, porque el padre lo único que deja es la impronta del dolor y el rechazo.

La reseña de los hombres que han pasado, de sus características físicas y de los pequeños cotidianos en donde ha sentido sus ausencias… las cosas que le contaron que debía cuidar, los amores en que no ha querido ser y los sexos en que ha vuelto a mirar hacia dentro de sí misma… todo esto es la poesía de Aida. Y aún será más.

 

Mercedes Alvarado.jpg

 

 

58214_468861540481_6623332_n.jpg

Juan Antonio Rosado

COLUMNA TRINCHES Y TRINCHERAS

 

 

Realidad y ficción, presentación y representación, ámbitos distintos que, en el orden de lo real, pueden confundirse, y de allí los fracasos de muchas teorías, interpretaciones e incluso de relaciones amorosas. Se cree que el modelo imaginado corresponde a lo real, y lo real lo imita después para tener éxito o llegar a un objetivo, pero resulta que no hay tal correspondencia. Alguien se hace una idea sobre una realidad o sobre el otro, la elabora con minuciosidad, la adorna, le agrega y quita elementos, la retoca y después la aplica en el objeto real. Lo anterior puede convertirse en bovarismo si no se comprenden bien los símbolos, porque cualquier elemento de la realidad que ingresa en el ámbito de la ficción es susceptible, por ese hecho, de volverse símbolo, metáfora, alegoría, y de ser teñido por el pensamiento, por el "espíritu" entendido como intelecto.

El fenómeno anterior se da en la vida cotidiana, pero hay veces en que de una ficción se crea otra. Esto tiene que ver con lo que podría llamarse una función "personalizadora" del arte. El ensayista, por ejemplo, se apropia de una figura cultural o moral de gran peso, la retoca y tiñe de subjetividad, la reinterpreta y la devuelve al público ya reelaborada y digerida para incrementar su propio poder simbólico o el de su grupo en la sociedad. Miguel de Unamuno se consideraba más "quijotista" que cervantista, lo que significa que se apropió de una figura cultural, la descontextualizó y, una vez más o menos aislada, le añadió significación desde su propia subjetividad, sin considerar el profundo sistema de vasos comunicantes entre esta figura, su época, la sociedad en que surgió y el autor que la concibió. Toda proporción guardada, lo mismo hizo Alfonso Reyes con Ifigenia, José Vasconcelos con Ulises y con Simón Bolívar, y Samuel Ramos y Octavio Paz con el supuesto mexicano. El mecanismo anterior es válido cuando se advierte del subjetivismo que tiñe la figura cultural, pero no lo es cuando la intención es erigirse en el intérprete, en el analista, en la "deidad" que sostiene la última palabra sobre los fenómenos humanos, sean políticos, artísticos o de cualquier índole. Es fácil desentenderse de la realidad, asesinar las alteridades allí implicadas y erigirse como creador de sistemas, diseñador a ultranza de modelos, intérprete de realidades, y siempre apoyado por la mercadotecnia, las instancias mediadoras entre el espectador (o lector) y el autor, o los aparatos publicitarios del poder cultural, político o religioso. Así se crean grupos, sectas, "mafias" excluyentes que privilegian tendencias temáticas o estilísticas en arte o literatura, o tendencias políticas en el ámbito del poder. También ocurre con la economía o con cualquier otro fenómeno humano. Los artífices modifican el orden de lo real a partir de una o varias contemplaciones o "revelaciones" que plasman como si esas contemplaciones o teorías fueran a resolver una determinada realidad, y muchas veces no observan de cerca los casos particulares, los síntomas concretos. La pretensión siempre ha sido cambiar  al ser humano por una abstracción.

             

… y uno piensa que seguramente sujetos como el tal Joe y el tal Mike viven en un vecindario como el tuyo,  tal vez a unas cuadras de tu casa, lavando sus coches los domingos, paseando a sus perros en bermudas con calcetas hasta la rodilla, saludando a todo el mundo y yendo a misa con su esposa y sus hijas... amigables e inofensivos hasta que se ponen frente a la mesa de diseño... y piensas si no será mejor que la próxima vez que los veas apliques profilaxis y los despaches de una vez por todas, antes de que vayan por ahí anunciando y diseñando mamadas...

 

CESAR-GONZALEZ-CHICO-FOTO4.jpg

 

 

Por Jorge Manzanilla

 

Siempre será muy raro encontrarse con libros donde uno se sienta culpable o termine con un malestar, pienso en cómo hay poemas que a uno se parece y cómo hay consciencias que nos hacen repensar quiénes somos y en qué parte del oficio estamos jugando.  Alejandro Paniagua presenta el libro de una generación repleta de referentes pop y voces en off que están en el backstage de nuestro oficio. ¿Cuántos de nosotros crecimos en una familia disfuncional? A veces el vació se parece a un videojuego que nunca quisimos jugar.

El pasado miércoles 23 de mayo se llevó a cabo en el Café-Bar "Las Hormigas" de la Casa del Poeta "Ramón López Velarde", ubicada en la Avenida Álvaro Obregón 73 de la Colonia Roma Norte, la conferencia: "El misticismo poético de San Juan de la Cruz y el Krishnaísmo", impartida por Su Santidad Bhakti Sundar Goswami. Aprovechando tan singular oportunidad, tomé la iniciativa de entrevistarlo. Lo que sigue a continuación es un extracto de la conversación que sostuvimos unos días antes de su visita.

Numero actual

PORTADA BM 141142 .jpg