La carne que habla en la casa del trabajo*

(FILOSOFAR MÈ’PHÀÀ)

 

 

 

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Por: Hubert Matiúwàa

Todos los seres que viven y vivieron sobre la Tierra tienen ajngáa (palabra), lo mismo que los diferentes mundos, espacios y tiempos que se alternan para fundamentar la ética mè’phàà: “Ajngáa es el término que los mè’phàà asignan para referirse a la lengua como sistema, pero puede tener más de un significado dependiendo de los contextos sociales del uso de tal terminología. Entre esta diversidad de significados ajngáa se puede entender como: aviso, cuento, consejo, chisme, chiste o broma, declaración, palabra, regaño, boca, lengua y como sentido identitario” (Abad Carrasco Zúñiga: Algunas anotaciones a la sociolingüística Mè’phàà, p. 24).
En mè’phàà, lingüísticamente xàbò significa gente; a partir de la memoria oral se le ha dado el significado de la carne que habla y que en su hablar se hace responsable de otras carnes (personas); esta idea está presente en los cuentos de viajeros, donde se dice que xàbò “es aquello que te zumba en la oreja y te hace ix ix cuando estás solo”, es la palabra que te interpela y la reconocerás por esa manera de hablarte. 
La palabra de la carne es diferente a la palabra de los animales, ríos y montañas, es la base de una ética en donde confluyen varios mundos. La palabra de la carne es la palabra de este tiempo, la que se puede poner de acuerdo, sin importar las diferencias entre las lenguas (na savi, náhuatl, ñomndaa, español, etcétera) lo que importa es que sea carne que habla (xàbò).
La palabra de la carne está encargada de cuidar a las demás palabras, por tanto, es la responsable de las cosas de este mundo, de la tierra, los cerros, los ríos y de nosotros carne; habrá un tiempo en donde nos encontraremos todos los seres del mundo (ná mugíín), ahí todos podremos comunicarnos en una sola palabra y en ese tiempo la palabra de la carne será juzgada por las demás palabras. Si la palabra de la carne no cuidó de las otras palabras, se le reclamará, se le pedirá cuentas sobre su actuar en este tiempo, en donde somos carne que habla xàbò (gente), por eso hay que vivir con respeto, saber dar y recibir lo justo.
En la palabra encontramos el principio de la política mè’phàà y en la asamblea es donde se ejerce como acción para el bien común, se escucha decir: Mùrìgu ajngáa ló’ (pongamos la palabra), la palabra se pone en la mesa para que todos aporten y vaya creciendo, tiene el sentido de consensar todas las opiniones para tomar una decisión, esto permite guiar el pueblo, unirlo y fortalecerlo, porque todos los miembros de la comunidad se hacen responsables de su palabra. 
Poner la palabra es una práctica constante en las asambleas, significa ofrecer la posibilidad del diálogo en, desde y entre nosotros. La palabra es como una comida que se comparte y da fortaleza para caminar en colectivo. 
La asamblea, como la conocemos, tiene sus antecedentes en las épocas revolucionarias en Europa, sin embargo, en México:

Cabe mencionar que a raíz de las modificaciones en 1991 al artículo 27 constitucional, la asamblea se convirtió en instancia máxima de autoridad para la toma de decisiones referentes a la venta de la tierra, o bien el cambio de régimen comunal a ejidal. Esta recuperación no es casual, si la consideramos como transmisión de conocimientos provenientes de ámbitos comunitarios, también generados y apropiados por experiencias de organizaciones política obrera, campesina e incluso estudiantil, que han sido reivindicadas en determinadas coyunturas políticas.1 

Cada espacio, sentimiento, ser y conflicto tiene su palabra, “cada sujeto entrega su palabra con voluntad y el conjunto de las palabras definirá al pueblo como la máxima autoridad. Y en la ‘casa del trabajo’ es donde se cuida el cumplimiento de la palabra del pueblo”.2
Gù’wá ñàjun (Casa del trabajo) es la máxima institución política mè’phàà, es donde se hacen valer las decisiones y se trabaja para el bien de la comunidad, es el lugar en donde se cuida la palabra del pueblo. Para ser parte de la casa del trabajo se tiene que ser un xàbò ñàjun (gente de trabajo), ser elegido en la asamblea y para ello se necesita hacer méritos, construir el nombre a través de trabajos, asumir responsabilidades, tener la capacidad de hacerse cargo de los otros para el bien de la comunidad y su funcionamiento; la lógica de estar en la casa del trabajo no es de ganancia, ni de salario, sino de servicio a la comunidad, entonces se es un xàbò tsí na’thán ñàjun (gente que habla con el trabajo o gente que tiene la voz de mando). Gù’wá ñàjun se define por su hacer, el trabajo para el bien común. 

Actualmente los partidos políticos han desplazado esta forma de organización y elección de los gobernantes, los presidentes municipales son impuestos por corrientes políticas, no hacen servicio comunitario; consideran a la casa del trabajo un lugar en donde pueden hacer negocio, han cambiado los valores de hacer política y dividido a las comunidades, esto se refleja en la forma de organización que tiene una comunidad para llevar a cabo sus fiestas tradicionales. 
Los partidos políticos hacen sus cuadros de base sin importarles las fracturas que provocan en el tejido social, los beneficios que gestionan están condicionados a sus intereses, hay desplazamiento del saber, ningún dirigente se asume como gente de trabajo, la palabra ha perdido su valor, la han desterrado de la casa de trabajo. 
En la casa del trabajo no manda la comunidad, la situación es generalizada, el saber de los pueblos es desplazado por la partidocracia, imponen una forma de hacer política, sin tomar en cuenta el saber que está territorializado, a partir del cual se ha construido la identidad de un pueblo, ese no es considerado de valía para orientar nuevas formas de organización que oriente a una mejor vida para todos. 
En pleno siglo XXI, como diría José Ángel Quintero, a los “revolucionarios” tanto de derecha como de izquierda “jamás les ha pasado por la mente la posibilidad de que otro pensamiento guíe las luchas y oriente el proyecto de construcción de esa otra sociedad a la que aspiramos. Nos referimos a la posibilidad de que la filosofía indígena se constituya en sustento no sólo teórico sino también en importante guía para la acción política del movimiento social en general. En este sentido, pensamos que una verdadera otra política, es decir, una política desde el nosotros supone un fundamento filosófico propio y, para ello, debemos antes que nada definir eso que somos” (José Ángel Quintero Weir: El camino de las comunidades, Maracaibo-Venezuela, 2013, pp. 118-119).
Ser carne que habla xàbò (gente) significa, cuidar la palabra de todos los tiempos, poner la palabra en la casa del trabajo para que sea acción para el bien común, es el fundamento de nuestra política. 
Los abuelos dicen que en el camino es donde nos hacemos carne que habla, encontramos nuestra humanidad y nos hacemos otros, aprendemos de las experiencias, del ló’ (nosotros) y el xó’ (nosotros de los otros), encontramos nuestra palabra a partir de la palabra de los otros, la casa de nuestra palabra es la casa de nuestro camino, donde vive el trabajo de nuestro pueblo, donde se debe velar el saber y el futuro de nuestra cultura.

 

 

Notas: 

1. Evangelina Sánchez Serrano: El proceso de construcción de la identidad política y la creación de la policía comunitaria en la Costa-Montaña de Guerrero. Ciudad de México. UACM, 2012,  p. 60).
2. Skíyu Ajngáa xó’ (La fuerza de nuestra palabra), ponencia presentada por Seminario Jùmà Mè´phàà, en el Segundo Congreso Internacional: Deconstrucción y Genealogía del concepto de Dignidad en los pueblos originarios desde el pensamiento latinoamericano, en la UNAM, agosto del 2013.

 

*Publicado originalmente en el suplemento Ojarasca del periódico La jornada: http://ojarasca.jornada.com.mx/2018/05/12/la-carne-que-habla-en-la-casa-del-trabajo-5901.html

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