Por Linén Rojas

 

Jessie Tarbox Beals_Airshaft with garbage.jpeg

 

Pues bien -dijo el viejo sonriendo mientras se frotaba las manos tiesas por el frío, y el vaho caliente escapaba de su boca para perderse en el aire claro del parque- aquí estoy, general… no pensé que volveríamos a vernos… no después de todo lo que ha pasado… o quizá, precisamente por lo que pasó, las cosas tenían que acabar como van a terminar… ¿Se acuerda de Pablo?... ¿Por qué chingados te estoy hablando de “usted”? Ya los dos somos unos viejos y ¡al carajo los títulos, que si es por méritos, ahora mismo voy a rebasar todas tus victorias!– Sacó una soga que pareció medir pasándola entre sus dedos -Te decía que si te acordabas de Pablo, de Juan Pablo Viterbo… ¡Cómo no te vas a acordar si nuestras vidas, la tuya y la mía están marcadas por sus manos! Él es tu padre, casi casi te parió, cabrón; a pesar de eso, no lo conociste mejor que yo. Me parece recordarlo, eran finales de los cincuenta, Pablo y yo nos inscribimos en la Academia de San Carlos. Y ¡cómo explicarte, general!, la vida es una cabrona desalmada, se divierte jugando con nosotros como si fuésemos dados… Uno pone toda su fuerza, -pareció estrujar algo invisible con sus ancianas manos en tanto apretaba los dientes- todo su empeño en la ilusión de alcanzar el objetivo que se ha trazado, carajo… En fin… en ese entonces, Pablo y yo éramos dos muchachos que soñábamos con ser artistas, yo era demasiado callado, me gustaba mirar sin decir una palabra y así podía estarme por horas… En cambio, Pablo, cabrón, era un sol ese hijo de puta… Hay gente que es así, que parece que no pide nunca y todo le está dado. A Pablo, la vida le dio el talento, la destreza por la que yo tuve que luchar sin conseguir que se me entregara del todo. Pablo, el favorito de los maestros y de los mecenas… -el viejo pareció burlarse- No me mires así, general, no soy un mal hombre… Simplemente me he preguntado todos estos años ¿acaso, las personas como yo no merecemos nada? No soy un mal hombre, Pablo me dejó quedarme a su lado, a mí, al sin-amigos, al silencioso, me dejó acompañarle a todos lados y, por Dios, que no he sido ingrato, nunca fui ingrato… Cada vez que él llegaba, dando un puntapié, un golpe con picahielo a mis sueños, yo sólo sonreía, intentaba escucharlo y comprenderlo… Me decía a mí mismo: bueno, ahora es él, pero ya me tocará triunfar a mí…Ya vendrá mi momento… Uno piensa que ser tan bueno, que aguantar tanto te hace merecedor de la fortuna y de la fama y no es verdad… Yo nunca lo entendí, al principio, Pablo no parecía ser mejor que yo, ni más talentoso ni más hábil, pero luego empezó a despegar, a adquirir una maestría inusitada, la plastilina, el barro, lo que fuera, en sus manos adquiría formas precisas, formas más suaves y más alargadas que entre mis dedos… ¡Tú no sabes cuántas veces fracturé el mármol de mis estatuas porque sus brazos no eran lo suficientemente gráciles, cuántas veces abollé la nariz de los bronces porque los ojos parecían vacíos! Y a pesar de eso, intenté quedarme cerca de Pablo para aprender, observarlo, copiar miserablemente, pero no resultaba… cada intento mío era una prueba de que ya no podría alcanzarlo. Él se graduó antes que yo y luego se fue a Francia… esa noche, él llegó a mi casa para darme la noticia, me lo encontré en la sucia escalera del edificio, yo regresaba de intentar vender unos cuadros y me dio vergüenza que notara mi hambre de dos días, así que lo despaché rápido, lo abracé y le deseé buena suerte… Cuando volvió, ya era el maestro Juan Pablo Viterbo, todas las actrices querían que las esculpiera encueradas, creo que hasta Silvia Pinal… ¿Y yo? Pues yo seguía siendo el pobre diablo de Alberto Medrano, el ayudante de Viterbo, su mandadero de caridad… aún sus aprendices me enviaban por las tortas… pero quizá todo eso lo hubiera soportado si el proyecto de Paseo de la Reforma no hubiera llegado nunca, si a Viterbo no le hubieran pedido compartir su arte esculpiendo a Ignacio Mejía Fernández de Arteaga… porque entonces, mi vergüenza hubiera sido más anónima, más íntima y quizá, yo hubiera guardado la esperanza de un día alcanzar a Viterbo… Recuerdo que en su estudio, antes de embalar la estatua, pude verla terminada, era hermosa, el hombre, quien haya sido, un cobarde o un traidor, parecía un héroe y lo único que pudo decirme Viterbo cuando se lo dije fue: "Este es mi legado, Alberto. Quizá lo mejor que he creado. Moriré pero quedará mi obra". Ahí comprendí cuál era mi propia obra: cerciorarme de que nadie volviera a recordar a Juan Pablo Viterbo y sus esculturas… Hoy, al fin ha llegado tu turno, general.

El hombre, que ya había pasado la cuerda por el cuello y brazos de la estatua, jaló con todas sus fuerzas hacia abajo y la estatua se desprendió de su pedestal para caer, con precisión matemática, sobre el diablito que lo esperaba para trasladarlo al negocio de compra y venta de fierro viejo.

 

Linén Rojas Romero. Estudió la licenciatura en Lingüística y literatura hispánica así como la maestría en Literatura mexicana, ambas en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Ha sido becaria en dicha universidad por parte de la Vicerrectoría de Investigación y Estudios de Posgrado (VIEP) por la tesis Análisis intertextual en el caso “Victoria y Gabriel”/Génesis; y becaria CONACyT por la elaboración de la tesis Análisis del espacio narrativo en Al filo del agua. Ha participado en congresos sobre literatura y comunicación en México, Alemania y Estados Unidos, sus ponencias han versado sobre Agustín Yáñez y su poética. Ha sido revisora para la Revista internacional de la imagen con sede en Illinois, Estados Unidos. Actualmente labora en Secretaría de Educación Pública, en el nivel básico -secundaria- impartiendo la materia de lengua materna y dirigiendo un taller de escritura creativa para los alumnos de tercer grado.

 

Por Ricardo Bugarín

 

RICARDO.jpg

 

 

HUELLAS EN LA BARRANCA

En la barranca han quedado las huellas. Esas huellas son de una estentórea evidencia. Da vergüenza el sólo verlas. Ellas también lo saben y van como retorciéndose, como queriéndose ocultar, como intentando decir aquí no ha pasado nada. En su ignorancia, las huellas, no saben que la barranca es muda. Yo tampoco diré nada. Que los demás opinen lo que quieran. Ya sabemos cómo son los pueblos, siempre se está en la búsqueda de que algo suceda.

 

 

LÁMPARA

Vi que el termómetro subía y que una especie de humito comenzó a salirle por detrás de la cabeza. Le ofrecí agua y me hizo señas que no. Le ofrecí ventilar la habitación y me hizo igual seña. Le sugerí llamar a alguien y dijo no. Cuando comenzó a reverdecer de transpiración volví a insistir con la necesidad de solicitar auxilio y se negó. Finalmente la desenchufé y la dejé ahí, aferrada a sus decisiones.

 

 

CLAVADISTA

para Gloria Ramírez Fermín, que tiene dos océanos

Desde que se convenció del decir popular que asegura que “todos llevamos un niño en nuestro interior”, cambió de profesión y abandonó la abogacía. Ahora todos los días intenta, desde un peñasco, sacarse de sí a ese intruso.

 

ANTEOJOS CON ANTÍLOPE

Un antílope me mira a través de los anteojos. Me saluda con determinada confianza y se diría, incluso, que lo hace con satisfacción. Le respondo circunspectamente porque no quiero ser descortés e intento disimular la desconfianza que me está produciendo este encuentro. La descortesía siempre me pareció una expresión de incivilidad. Mañana visitaré mi óptico porque me está pareciendo que los cristales de estos anteojos están desvariando.

 

EN EL LABORATORIO

Me fui con el primer orín de la mañana y cuando llegamos, él se negó. Se plantó en no y no quiso pasar. Berreó un rato, se hinchó, le dio la pataleta y se tiró sobre el piso. Un orín así de exaltado no es lo más apropiado en esos momentos y entonces, sólo a mí me destaparon y me metieron esa especie de sondita.

 

CONFESIÓN DE UNA MUJER ARREPENTIDA

Si hubiera mínimamente imaginado que iba a llegar a este estado, te hubiera dado la espalda.

 

ÉXITO

Escuchábamos el coro japonés y nos pusimos todos a llorar.

 

GUÍA

Siguiendo los pasos de Gauguin, nos internamos en la intrincada naturaleza. Tonalidades lujuriosas asaltaron nuestra mirada. Un aroma desconocido y paradisíaco nos envolvió en segundos. El sonido, virgen de todo acontecer humano, nos caló en lo más profundo. No lográbamos salir del asombro hasta que nos percatamos que Gauguin ya no estaba a nuestro lado. Y aquí estamos, en esta isla solitaria, prisioneros de los desvaríos de una mascota casquivana.

 

LIBERTAD CONDICIONAL

Se le otorgó la libertad a condición de que enmendara su camino. Que fuese derecho, enhiesto, educado, señorial. Pero al poco tiempo ya se lo vio caer en sus instintos, en lo procaz de sus costumbres, en esa atroz reincidencia. Y allí está nuevamente, volcado sobre la pared lindera a punto de florecer. No podemos ya disimular esta situación, no podemos ocultar lo que sucede, corremos el riesgo de ser considerados cómplices. Y lo peor vendrá cuando comience a dar sus frutos.

 ALMUERZO

Me da miedo el puré de papa. Tan blanco, tan acicalado, tan personal como nalga de bebé bien empolvada. Me provoca estupor de infancia y me da temor que en cualquier momento se le ocurra una sublevación o revolución indoamericana y se desbarranque del plato y sea un zafarrancho el mantel y toda la mesa.

Prefiero un vaso con agua y que todo el resto sea imaginación culinaria.

 

Ricardo Alberto Bugarín.

Escritor, investigador, promotor cultural.

Publicó “Bagaje” (poesía, 1981) y en microficciones: “Bonsai en compota” (Macedonia, Buenos Aires, 2014) ,  “Inés se turba sola” (Macedonia,  Buenos Aires,2015),  “Benignas Insanías” (Sherezade, Santiago de Chile,  2016) y “Ficcionario” (La tinta del silencio, México, 2017).

Textos de su autoría han sido incluidos en antologías argentinas e internacionales.

Diversas publicaciones periódicas y revistas especializadas han publicado trabajos  suyos como es el caso de Suplemento Literario de Diario “La Prensa” de Buenos Aires, la revista “Letras de Buenos Aires” dirigida por Victoria Pueyrredón y Suplemento Cultural de Diario “Los Andes” de Mendoza, entre otras ediciones argentinas. También ha sido publicado en Ecuador, España, Italia, USA, Venezuela, México, Chile, Perú, Costa Rica, Colombia, Bolivia, Puerto Rico y Uruguay. Textos de su libro “Bonsai en compota” han sido traducidos al francés y publicados por la Universidad de Poitiers (Francia).

Integra las ediciones:  “Borrando Fronteras-Antología Trinacional de Microficción Argentina, Chile y Perú”; “¡Basta! Cien hombres contra la violencia de género” (edición argentina);  “Antología Iberoamericana de Microcuento” (Santa Cruz de la Sierra, Bolivia); “Vamos al circo. Minifición Hispanoamericana” de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla (BUAP, México) y “Cortocircuito. Fusiones en la Minificción” (BUAP, México), las reediciones de “¡Basta! Cien hombres contra la violencia de género” realizadas por el Gobierno de Mendoza (2018) y “La mirada del cóndor”, Microficciones mendocinas (Mendoza, 2018); “Hokusai. Antología de Microrrelatos” (Santiago de Chile, 2018) y “Los pescadores de perlas. Antología de microrrelatos de Quimera” (Barcelona, 2019).

 

 

Por Tania Cisneros García

 

11083780_831881790214863_5738961772045715279_o.jpg

 

 

Todos los días era lo mismo, levantarse, vestirse, desayunar, ir a la escuela, comer, ir al catecismo y jugar. La parte más divertida de la tarde, indiscutiblemente era jugar. Recuerdo que todas las tardes me preparaba después de la escuela para ir al catecismo, me cambiaba la ropa, y por supuesto los zapatos. Esos horribles zapatos negros de charol que te obligan a llevar a la primaria. –Échales grasa, límpialos-, me decía mi padre cada mañana después del desayuno. Cómo odiaba esos zapatos cerrados y el ir a la escuela en ese tiempo. Pero ya en la tarde, yo y mis dedos se rebelaban y se dejaban ver quemados de tanto sol. Aventaba las calcetas y la tarea. Amaba esos huaraches que se llamaban tequila con toda mi alma. Me hacían sentir libre, limpia y fresca a donde quiera que los llevara. Los usaba siempre. -Ese era el problema-, decía mi madre. Lloviera o saliéramos a fiestas no me despegaba de ellos. De tanto usarlos, su color café se fue convirtiendo en negro y llegó el momento en que se rompieron poco a poco, hasta quedar hechos solo tiritas. Años después me daría cuenta de eso, de que me aferraba a todo, ropa, amistades y amores. A pesar de todo, yo me quedaba ahí con ellos, hasta que alguno de ellos se rompiera. Pero con mis huaraches solo conocí la dicha de estar viva. Descubrí la lluvia y lo bien que se siente mojarse los pies en charcos y también en las calles inundadas que rodeaban mi casa, que más que calles, eran ríos durante la época de lluvias. Esos días que empezaban en julio y terminaban a finales de agosto eran para mí pura diversión, podía pasarme toda la tarde jugando bajo el agua, pero lo malo venía después, cuando entraba a mi casa y mi mamá me observaba toda echa sopa y estornudando. -Métete a bañar rápido que vas a enfermarte-, me reprochaba, mientras caminaba por la casa tratando de no mojar el piso limpio. Subía los escalones mientras dejaba chorros de agua en cada paso que daba. Se escuchaban los truenos a los lejos, uno después de otro. –Llueve a cántaros-, pronunciaba mi papá como un eco, mientras me perdía en la parte alta de la casa. Dejaba los huaraches en el último cuarto de la casa, a lado de las ventanas para que el sol los secara; aventaba la ropa mojada al suelo y entraba rápido al baño. Me bañaba con agua tan caliente que parecía que desplumaría pollos. El vapor inundaba el baño y el espejo se empañaba, hasta parecía que era neblina de la sierra de Puebla. Ya no tenía más frío. Salía y me abrigaba con suéteres y calcetines todo el cuerpo. Muy pronto era ya de noche y me iba a dormir de nuevo. Así terminaban los viernes. Entonces, venían los sábados, me levantaba temprano, subía corriendo las escaleras y los veía ahí color café claro. Me sonreían y yo a ellos, los tocaba y los sentía ya secos y calientitos. Volvía a ponérmelos para sentirme libre de nuevo mientras alguien me gritaba a lo lejos… ¿otra vez?    

 

Tania Cisneros García (Puebla, 1987). Licenciada en Literatura Hispanoamericana por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha participado en las antologías poéticas Luz de Luna III de la editorial Diversidad Literaria (España, 2017), Viejas Brujas II de la editorial Aquelarre (México, 2017) y en el libro cartonero Renuncio! de la editorial Ruta y Leyenda (Chile, 2018).  

 

Por Fernando Beltran

 

Foto.jpg

 

A principios de abril, me dijo, una generación entera se despertó un buen día con la noticia sobre los cambios ineludibles. El aumento de cuotas.

Hubo quienes se entusiasmaron fenómeno con la llamada reforma. Aludieron que algo tan relumbrante como los estudios universitarios no podían responder sino a los pagos obligatorios. Pequeño-burgueses, dijo, entre sus filas.

En los bordes del estallido la defensa se alzó resoluta: educación pública y gratuita. Un principio supraindividual, dijo, con el que concluía un siglo y se inauguraba otro. Bajo el unánime cielo plomizo, habrá sido la del 20 o la del 19 de abril la mañana en que se votó la huelga estudiantil.

Una generación completa fue testigo. Otto y las chicas del clown gang. Mónica Islas y Patricia Sabina. Y Marlen Nieves Guzmán, la reina entre las reinas. Pelirroja, de rutilantes ojos claros, monumental. Miguel Santibáñez y el retacón, holgazán y buen tipo, al que le apodaban el juancho. El floyd, muchacho esmirriado que sólo entendía sobre la poética del Control Machete, quien desayunaba cerveza tibia antes de las clases.

Tras la eclosión de la última huelga del siglo veinte, me dijo, la vida de miles de estudiantes la sacudió los halos de la incertidumbre. Las salas de estudio y los laboratorios dejaron de serlo para camuflarse en cuarteles improvisados de discusión política. Los pasillos del inmueble fueron invadidos rápidamente por voces encolerizadas y tipos alucinados que los serpenteaban a punta de consignas.

A la manera de un torbellino voraz, la huelga convulsionó el periférico de la ciudad e invadió las nueve líneas del Sistema Colectivo Metro. Ecos del 68, leyó, me dijo, cabeceó la prensa.

         ¿Quién podía mirar más allá de sus narizotas? ¿Quién entendió a primer vistazo la profundidad de las causas? ¿Quién vaticinó lo que iba a desatarse?

         Pero la matrícula general se escabulló de los planteles cuando los efectos inmediatos de la huelga estudiantil les explotaron verdaderamente a todos. Quienes soportaron los vituperios y el escándalo se transformaron súbitamente en lectores críticos del mundo. Fueron quienes convirtieron las paredes grises de los corredores en mamparas y rutas clandestinas de operación. Esos primeros días festivos que el spoken, lívido y alucinante, me dijo, bautizó como el rojo y la noche.

¿Quién imaginó, interpeló una tarde el spoken, que la huelga se alargaría lo que tardó en fecundarse el vientre y luego parir el chilpayate de la reina entre las reinas de la preparatoria 4? A la tarde del alzamiento de las mantas y las banderas rojinegras, la pelirroja Marlen Nieves Guzmán, en efecto, me dijo, a 1.5 kilómetros de la preparatoria sobre Avenida Observatorio y calle 11, trepaba y arañaba y se contorneaba como gatita en celo en la cama del motel.

         Nadie pudo contarlos. Pero tras cuatro meses de huelga en el plantel, no existía ya sino una veintena de muchachos.

A la manera de un introvertido que se adentra de golpe a un carnaval de locos, Lorenz, me dijo, descubrió a los huelguistas de la preparatoria 4 y lo inspeccionaron con permanente suspicacia. Los espías le dijeron, me dijo, se enrolan quirúrgicos, extremosos, sin peligro.

Lorenz era tímido, pero no era un espía. Había perdido meses enteros en los barrios del norte de la ciudad. Salvo el spoken y Julieta, una chica sencilla y un poco extravagante de familia comunista, especie en extinción, ninguno de sus contemporáneos actuaba en ese inmueble entre las sombras. Después de una penosa ausencia, lo comprobó cuando quiso regresar a la preparatoria cuyos nuevos motores estaban en marcha.

         Al adentrar al inmueble, me dijo, Lorenz constató huelguistas ya curtidos. Efectuaban guardias de vigilancia por la noche porque hubo permanentes intentos de arrebatarles el plantel. Financiados por el Partido Institucional, se decía, me dijo, y excusados bajo las aspiraciones de los pequeño-burgueses sobre la importancia de los cursos y las profesiones, hubo frecuentemente tipos al acecho.

¿Cómo se podía estudiar, se decía a menudo entre los que vivían al interior de esos ladrillos, me dijo, en condiciones lamentables y bajo un reglamento elitista de pagos?

De este modo convocaban a reuniones regulares para resolver menesteres domésticos y de vigilancia, de provisiones y de alegatos tipo comité. Aseaban las aulas y barrían las faldas de las entradas. Cocinaban a menudo huevitos con frijoles y sopas instantáneas. De vez en vez recibían de padres de familia víveres y sobrecitos de café soluble. Organizaban la propaganda con una impresora de la Secretaría de Servicios Escolares y planeaban la distribución de los días en la bodega de pinturas y de mantas o en los salones de botes y de utensilios reciclados.

Marchaban y componían consignas. Leían Cuadernos Pasado y Presente y el rostro del che les sonreía desde las paredes de cocina que alguna vez fue la dirección general. Resguardaban el inmueble, me decía, y enmendaban los cartelones de las movilizaciones. Gritaban rabiosos tras su paso corrosivo por las calles y pegaban los carteles en las inmediaciones de la preparatoria 4 y a lo largo de la avenida Observatorio o en los accesos colindantes al metro Tacubaya.

         Lorenz no comprendía del todo los contornos de la huelga. Nunca se ufanó de ser inteligente y no lo era. Con todo y el descreimiento o las imposibilidades, Lorenz, me dijo, se enroló con los huelguistas porque buscaba una salida. Quizá seguía una corazonada. Quizá una oportunidad para probarse. No lo sabía con precisión. Si no deseaba desprestigiarse como espía, empero, me dijo, estaba obligado a actuar conforme actuaban ellos.

         Es indudable que el spoken precisaba al menos de un aliado porque lo habían injuriado encarecidamente. Fue clasificado por la élite huelguística de la preparatoria 4 como el ocioso más puro nunca antes visto en ninguna huelga hecha. Lo meditó largo rato, tres segundos, y dio espaldarazo a Lorenz cuando se edificaban sobre él la hipótesis de la conspiración.

No tardó el día de agosto en acceder y salir del plantel sin ser visto por los otros como un activo encubierto del enemigo. Secundó al spoken en tareas que el spoken mismo se había exculpado impune: recolectar dinero los días jueves o los viernes y hacer guardia la noche de los lunes y administrar la cocina dos miércoles al mes.

         En las largas horas muertas del otoño, me dijo, el spoken espulgaba microscópicamente las ristras y removía los cocos blancos de la hierba. Humedecía el papelito con la puntilla de la lengua y lo extendía sobre el piso. Distendía la yesca a lo largo y ancho del pliego y lo apretaba, enrollándolo, mediante cuatro movimientos precisos. Prendía el fósforo y jalaba duro al primer contacto. Chupaba el sabor arroz y con las fauces de humo el spoken le conversaba a Lorenz sobre Mumia Abul-Jamal.

         Diciembre es enigmático, Lorenz. Yo nací la madrugada del 9 y el Jamal la noche del 9 ¿eh? Yo del 81 y él del 61. ¿Sí guachas la conexión? 20 años. Los veinte que traigo en la bolsa. Jamal era independiente, Lorenz, periodista sobre la refriega de los afros, los de su extirpe y se ganaba plata extra de chafirete nocturno.

         Lorenz lo atendía calmo, me dijo, y el spoken lo miraba con sus ojos de búho hundidos en la niebla roja.

Hablaba a pausas, rasgaba las secuelas de la memoria en busca de la secuencia precisa de los acontecimientos.

Hacia las cuatro de la mañana del día 9, Lorenz, del 81, contaba el spoken, cuando mi jefa me daba luz verde en la clínica de los Venados, Jamal terminaba de dar un servicio en el centro de Filadelfia. Conducía despacio, la radio iba encendida y estaba agotado. Quizá por la mañana hubo redactado un alegato incendiario sobre los derechos de los sin techo, firmado por el comité nacional de las Panteras Negras. Al conducir de vuelta a casa, Lorenz, escuchó disparos y estacionó la lancha en el cruce de Locus Street y la treceava. Se percató que un policía, D. Faulkner, le estaba propinando una tunda a un muchacho. Era una paliza a su carnal, Lorenz, ya inmovilizado por un balazo. Según el fiscal que lo puso preso a Jamal, al abandonar el vehículo portaba una pistola calibre 38. Se dirigió directo al policía y disparó hacia la espalda. Faulkner cayó al suelo y Jamal fue herido también cuando Faulkner lo hizo retroceder. Trastocado, Jamal se le acercó y se le postró a la altura de los hombros que escurrían sangre. Ahí Lorenz, me dijo, según el fiscal, Jamal le detonó cuatro veces continuas y el segundo o el tercer impacto se introdujo en el punto intermedio de los ojos. Y está encarcelado Jamal porque se ha negado a declarar durante todo este tiempo lo que ocurrió aquella noche. Un jurado integrado de hombres blancos pasó limpia la versión sin testigos y Jamal, Lorenz, me dijo, espera la inyección letal.

         No tardó Ana Estévez, me dijo en seguida, en colarse al interior del cuarto de pinturas. Alzaba las cejas cada tanto cuando el spoken se distendía sobre Mumia Abul-Jamal. Lorenz, por su parte, me dijo, descubrió a Estévez cuando traía algunos víveres y poseía la facultad de atraerlo mucho. El color grisáceo de los ojos y la precisión al exponerse la envolvía a Estévez en un halo de oscuridad brillante.

         Con Estévez en la visión global de campo Lorenz vislumbró la posibilidad de estar confiado y, sin comprenderla del todo, invirtió la fe en los propósitos de la huelga estudiantil.

         La mañana del sábado 11, me dijo, era fría y una nueva marcha estaba prevista del Museo de El Chopo, en el barrio de Tlatelolco, hacia la Embajada de Estados Unidos. La Huelga General preveía 8 kilómetros de asfalto, vituperio y carnaval. Avanzaba, empero, me dijo, una movilización cuyo evidente cansancio se mostraba en la ausencia de aplomo con el que llegaron a agitarse las banderas rojinegras en abril o en agosto.

         Viento crudo y ciudad capital de tonos grises. Aire gélido envuelto con los gases de los automotores. Asistieron miembros del CCH Sur y de la preparatoria 3. De la Facultad de Química y de la FES Aragón. De Acatlán y de la Facultad de Ciencias. Aunque faltaban por lo menos tres cuartos de los adherentes regulares, me dijo, la marcha arrancaba pobre.

¡Huelga!, ¡huelga!, no dejes de avanzar, no dejes de existir.

         Jovencillo de estatura corta y cabeza hirsuta, el perro estiraba la manta de un extremo y Lorenz del otro. Desparpajados, ambos sostenían el paño de la identidad. Detrás de la manta maltrecha donde se leía Prepa 4, se desplazaban el muerto y Julieta, el mandril y Quetzalli, el abraxas y el shocks, el spoken y Emmanuel, el pro y el mibe, Judit y Pamanes, el moreno y el fin.

Educación, primero, al hijo del obrero. Educación, después, al hijo del burgués.

Los peatones de la ciudad miraban incrédulos el paso. El grueso de todos ellos era apático, pero algunos sonreían desde las aceras o repetían la consigna que ya se entonaba otra vez.

¡Y aplaudan, aplaudan, no dejen de aplaudir, que el pinche gobierno se tiene que morir!

La marcha giró hacia el Paseo de la Reforma y el cielo cerrado ensombrecía el inicio de la tarde.

         Un portavoz de la Facultad de Ciencias Políticas alistó el micrófono, prendió el botón de la bocina e inauguró el mitin frente al 305 sobre Reforma.

Compañeros —y se aclaró la voz—, hemos salido nuevamente a las calles en defensa de un derecho fundamental.

En los umbrales de la embajada fue inusitado el grosor del cuerpo antimotines que resguardaba el complejo diplomático. Procedía del metro y al incorporarse, me dijo, Estévez se asombró de la desproporción. Las máscaras protectoras, observó Estévez, me dijo, no les matizaban el temblor de los dientes que les provocaban las anfetas. Celosías de fierro y perros anti-bombas eran las protecciones adicionales del edificio internacional.

         El vocero tejía el argumento central mientras varios huelguistas distendían las piernas sobre la línea horizontal de los toletes. Algunos escalaban las rejas de seguridad y otros arrojaban salivazos. Bien guarecidos detrás de aquellos polímeros, las macanas de los antimotines arremetían con denuedo sobre las manos que trepaban por entre los intersticios de las vallas. Un encono in crescendo era el lenguaje de los bandos. Otro grupúsculo de huelguistas recolectaba escombros de las marquesinas aledañas y otros extraían de las mochilas objetos pirotécnicos. Estévez aguardaba y miraba con recelo cómo los antimotines eran nutridos por más miembros desde alguna parte.

         No tardó en recelarse Estévez con el precario mitin de huelguistas encolerizados que, junto con el portavoz, volvían a injuriar o a componer consignas. Estévez se enfureció más aún con el spoken que comenzó a olvidarse de la cabeza y a calentarse demasiado de las manos. Fue quien arrojó primero, con ahínco, piedritas que se dirigían hacia los vidrios.

¡Liberen al Jamal pinches gringos putos!

Bramaba afónico en cada lanzamiento. Lo secundaba el perro al tirar también al blanco. Ningún lanzamiento alcanzaba los paneles polarizados y más bien caían muy descompuestos en los toldos de los autos y en los jardines de la entrada.

Nos faltan huevos, carajo, le decía el perro avergonzado.

         Un ruido estruendoso se alzó en el aire y se timbraron silbidos o pitazos. El rompimiento de las filas se dio a la izquierda del portavoz cuando conectaba argumentativamente la huelga estudiantil con el encarcelamiento de Mumia Abul-Jamal.

El despliegue policiaco no debió sorprender a ninguno y el mitin se fragmentó en instantes. La consigna era simple: escapar lo más pronto posible. Los brazos y las piernas devinieron escudos o la puerta de emergencia. A diestra y siniestra los céreos policías descargaron sobre huelguistas y transeúntes, indistintos, el peso pospuesto de la furia.

Hinchas de ninguna ley y los excesos. El pulso del instante. Orillados por la desbandada, el mandril y el perro, el abraxas y el spoken corrieron al azar hacia Insurgentes, pero doblaron a la izquierda, internándose al barrio que conducía a las bocas del metro más cercano. Se encontraron de inmediato con un batallón policial y la salida corta se les esfumó a todos. En la hecatombe, me dijo, Lorenz entrevió la nueva horda de antimotines que se le plantó en frente y le achicó la escapatoria. Perdido, en la primera bocacalle, se incorporó al contingente en el que ya el spoken corría telúrico.

En los tabiques o en las costillas, en el vientre o en las espinillas se hundían macizo los macanazos. Al suelo uno, cuatro y ocho huelguistas sin suerte. La refriega alcanzó los 500 metros a la redonda y 98 fueron los detenidos. La supo, empero, me dijo, librar Estévez.

         Los apretujaron en vehículos de policía. Un insidioso tufo fluctuaba al interior de la patrulla donde iban Lorenz y el spoken y otros dos del CCH Sur. Lorenz se removía la sangre de la nariz y el spoken sintió las piernas molidas. El vehículo tomó salida hacia las afueras de la ciudad y circulaba sin rumbo fijo.

Caía la noche e iniciaron los vaticinios. Después los sacaron de los cabellos, los esposaron en seguida y los dirigieron a punta de patadas hacia un camión blindado, estacionado en un descampado. El árido lugar olía a carne descompuesta. El destino, se murmuraba, era el Reclusorio N.

¿Adónde sino a ese subterráneo?

Los alinearon con el resto y los encaminaron esposados al autobús de granaderos. Les ordenaron ponerse de rodillas y veían cabizbajos la lámina del piso. Cortaban cartucho y la boca de las armas rozaba a menudo las espaldas o la molleja de las nucas. Simularon, me dijo, con el spoken y el mandril.

La brisa de la noche corría por los accesos abiertos del autobús y titilaban de frío. El de granaderos atravesó vertiginoso una distancia considerable y los huelguistas escuchaban los murmullos de la radio policial.

Así como los treparon, los sacaron.

Al descenderlos, los acomodaron en una fila india y los replegaron a lo largo de un paredón. Los separaron o los clasificaron. Los mezclaron o los confundieron. En férreo tutelaje, uno a uno, pisaron los distintos accesos de la prisión. Una compuerta se abrió, me dijo, y Lorenz fue llevado por un largo pasillo hasta una puerta amplia pero cerrada. Escuchó órdenes precisas por el ruido de los walkie-talkie.

En espera del 7, cambio.

         Avanzó después por un corredor interno. Caminó sobre charcos y orines. Traspasó una reja corrediza, siguió la orden de avanzar y luego lo condujeron por una crujía bajo tierra. Tras el ínter, que fue sucinto, me dijo, le dijeron que habían dado aviso de la carne fresca que iba a entrar y supo Lorenz por primera vez del Hombre del Pintalabios Rosa. Arribó a la última frontera y le ordenaron despojarse del cinturón, de las agujetas y de los accesorios del cuerpo. Lo auscultó un custodio y otro agente lo trasladó hacia un patio relativamente amplio. Era la última división entre los pasajes subterráneos y la llamada zona uno.

Lo ingresaron a una celda de un largo corredor. El viento adentraba por los barrotes y se tumbó exhausto en la plataforma cruda de metal. Lo diezmó aún más la lumbre en el estómago, apretó los dientes y afuera comenzó a llover.

         Con fuerza abrió la reja y la azotó cerrándola un hombre viejo. No era alto, pero sí fornido. Jadeaba y le costaba respirar. Se acercó hacia Lorenz, ovillado en la superficie, y pudo aspirarle una mezcla de sudor, tabaco y loción barata. El hombre prendió la linterna y, bajo la penumbra, Lorenz le distinguió el rostro surcado y los ojos mortecinos. El hombre sudaba con profusión y no controlaba el movimiento asiduo de las manos. Dudó al principio, pero Lorenz intuyó lo que haría con él. El hombre pateó el cesto de metal y el ruido le agradó. Se sentó en el filo de la superficie y le clavó a Lorenz una mirada penetrante. Se atusó el bigote y se reacomodó la larga cabellera desteñida.

Prendió un cigarrillo y lo aspiró mediante profundas inhalaciones. No dejaba de escrutarlo y los escalofríos lo traspasaban a Lorenz. Con extraña propiedad, el individuo aquel se tranquilizó de inmediato y le cuestionó su nombre y las razones del porqué cayó preso. Lorenz dudó un instante, no había salida, y aludió el mitin y la huelga. El Hombre del Pintalabios Rosa cuestionó más y más y Lorenz mencionó los antimotines, Estévez y las emociones secretas que escondía. Conversó vertiginosamente sobre el spoken, Mumia Abul-Jamal y el propósito de la huelga general. Rememoró la mañana del 20 o 19 de abril. Lo escuchó con gran interés y le aseguró que lo redimiría a la luz de los próximos días. Le prometió que mandaría desde la prisión una misiva, o una crónica o un recuento, a la opinión pública sobre los hechos aludidos.

         Se puso en pie y se dirigió hacia los barrotes. El Hombre del Pintalabios Rosa, criminal serial sentenciado a muerte, autodidacta de prisión, quien redacta esta carta abierta, intentó controlarse y esperó el momento. Lorenz contaba los instantes. Tomó impulso y el hombre se le precipitó. El grito que sacudió la celda coincidió cuando las manos redondearon la garganta, apretándola con dureza. Las testas se estrellaron y aprovechó para escupirle al rostro, soltándolo. Un hilo de baba le caía a Lorenz por la frente, resbalando hasta perderse. Hizo una mueca y no cambió de parecer. El Hombre del Pintalabios Rosa desenfundó y apuntó directo. Fueron dos las efusiones de brusca sangre y pequeñas piezas de metal se desplomaron al suelo. Lorenz fue expulsado hacia el muro y las lágrimas lo enceguecieron. Al ras de suelo alcanzó a escuchar los tacones de las zapatillas y Lorenz (imagino) entrevió la sonrisa obtusa de Estévez. Se le postró a la altura de los hombros y el Hombre del Pintalabios Rosa jaló el tercer gatillo en busca del punto intermedio de los ojos.

 

Fernando Beltrán (Ciudad de México, 1981) estudió sociología en la Universidad Nacional Autónoma de México. Ha ensayado sobre Pablo González Casanova, Juan Rulfo, Paco Ignacio Taibo II y Ernesto Sabato. Actualmente es candidato a doctor en sociología por la UNAM. Sus principales intereses se encuentran en el comercio entre el ensayo y la ficción.

La coma, esa puerta giratoria del pensamiento.

Julio Cortázar

Por Manuel Sauceverde

20799127 1425364160884013 5551623912690279270 n

 

Multiverso

Cuando dijo “sí”, tendida en el pasto,

descubrió que soñaba; pero era demasiado tarde.

Tomás Arauz

 

—si acepto —dije— es porque sueño pero no despierta.

 

Jaque mate sin comas

Dicen que su última jugada fue soberbia.

—¡Karpov no Kasparov ha vencido! —indicaba el titular del periódico. Pero a mí me dio igual: el ajedrez y la gramática no son lo mío.

 

Amantes

—Sí, eres la mejor amante en las baronías de Polop —dijo él con malicia—. ¡El reino se enterará!

—Si eres el mejor amante en las baronías de Polop —respondió ella con astucia—, ¡el rey no se enterará!

 

Acertijo

 

Como en otras ocasiones, Raymond Smullyan debía responder un acertijo para salvar su alma.

—Si él no miente —dijo el ángel mientras señalaba al demonio—, ¡no serás castigado!

—Sí, él no miente —respondió el demonio como un eco siniestro—. ¡No, serás castigado!

Debí ser lingüista, pensó Smullyan.

 

Shakespeare bifurcado

 

Romeo y Julieta. Acto V. Escena III. Toma 1. ¡Acción!

En el Mausoleo de los Capuleto, Romeo ingiere veneno. Ha decidido quitarse la vida junto al cuerpo de su esposa porque piensa que está muerta. ¿Ignora los planes de Fray Lorenzo? Sí, no es posible otro destino. Este será su final.

Cuando Julieta despierta de su sueño cataléptico encuentra a Romeo en el piso. Fray Lorenzo llega solo, unos minutos después: “¡Mi niña!”, exclama; luego revisa el pulso de Romeo. “¡No! ¡Es demasiado tarde para un antídoto!”

“¡Por un momento lo creí muerto!”, señala Julieta. “Está dormido. ¡No bebió todo el veneno! Fray Lorenzo, cierra los ojos y junta las manos para orar: ¡El amor, no la muerte, ha vencido!”

¡Corte! ¡Llamen al corrector de estilo!

 

Romeo y Julieta. Acto V. Escena III. Toma 2. ¡Acción!

En el Mausoleo de los Capuleto, Romeo ingiere veneno. Ha decidido quitarse la vida junto al cuerpo de su esposa. ¿Por qué piensa que está muerta? ¡Ignora los planes de Fray Lorenzo! Si no es posible otro destino, éste será su final.

Cuando Julieta despierta de su sueño cataléptico encuentra a Romeo en el piso. Fray Lorenzo llega sólo unos minutos después: “¡Mi niña!”, exclama; luego revisa el pulso de Romeo. “¡No es demasiado tarde para un antídoto!”

“¡Por un momento lo creí!”, señala Julieta. “¡Muerto está! ¿Dormido? ¡No, bebió todo el veneno!” Fray Lorenzo cierra los ojos y junta las manos para orar: “¡El amor no, la muerte ha vencido!”

¡Corte! ¡Se queda!

Universos irregulares

Universo 1

Hubo un destello verde de mucha intensidad.

—¡Esto es un sueño paranoico! —señaló la teniente Ripley y recargó su escopeta. Los “mutantes”, por llamarlos de alguna manera, volvían a atacarnos—. ¡No es una realidad alternativa! Cuando me quede sin balas, seremos devorados por estas aberraciones del trasmundo…

—Si no es la primera vez que activo la máquina interdimensional —dijo el Dr. Everett—, sucedió un cambio muy pequeño en este universo. ¡Lo haré de nuevo para estar seguro!

—¿Cuánto más? ¡Intente otras opciones! —expresó la teniente Ripley mientras una docena de aquellos seres, que no estaban vivos ni muertos, la rodeaban—. ¿Se le revelarán de improviso? ¡Apresúrese!

—¡No! ¡Tengo miedo! —exclamé—. ¡Ya no debemos utilizarla!

Aun sin esperanza, el Dr. Everett lanzó una carcajada y accionó el artefacto.

Universo 8

Hubo un destello verde de mucha intensidad.

—¡Esto es un sueño, paranoico! —señaló la teniente Ripley y recargó su escopeta. Los “mutantes”, por llamarlos de alguna manera, volvían a atacarnos—. ¡No! ¡Es una realidad alternativa! ¿Cuándo me quedé sin balas? ¡Seremos devorados por estas aberraciones del trasmundo!

—¡Sí, no es la primera vez que activo la máquina interdimensional! —dijo el Dr. Everett—. Sucedió un cambio muy pequeño en este universo. ¡Lo haré de nuevo para estar seguro!

—¿Cuánto más? ¡Intente otras opciones! —expresó la teniente Ripley mientras una docena de aquellos seres, que no estaban vivos ni muertos, la rodeaban—. ¿Se le revelarán de improviso? ¡Apresúrese!

—¡No! ¡Tengo miedo! —exclamé—. ¡Ya no debemos utilizarla!

Aún sin esperanza, el Dr. Everett lanzó una carcajada y accionó el artefacto.

 

Universo 170

Hubo un destello verde de mucha intensidad.

—¡Esto es un sueño paranoico! —señaló la teniente Ripley y recargó su escopeta. Los “mutantes”, por llamarlos de alguna manera, volvían a atacarnos—. ¡No es una realidad alternativa! Cuando me quedé sin balas, seremos devorados por estas aberraciones del trasmundo…

—Si no es la primera vez que activo la máquina interdimensional —dijo el Dr. Everett—, sucedió un cambio muy pequeño en este universo. ¿Lo haré de nuevo para estar seguro?

—Cuánto más intente —expresó la teniente Ripley mientras una docena de aquellos seres, que no estaban vivos ni muertos, la rodeaban—, otras opciones se le revelarán de improviso. ¡Apresúrese!

—¡No tengo miedo! —exclamé—. ¡Ya no! ¡Debemos utilizarla!

Aun sin esperanza, el Dr. Everett lanzó una carcajada y accionó el artefacto.

Universo 31

Hubo un destello verde de mucha intensidad.

—¡Esto es un sueño, paranoico! —señaló la teniente Ripley y recargó su escopeta. Los “mutantes”, por llamarlos de alguna manera, volvían a atacarnos—. ¡No! ¡Es una realidad alternativa! ¿Cuándo me quedé sin balas? ¡Seremos devorados por estas aberraciones del trasmundo!

—¡Sí, no es la primera vez que activo la máquina interdimensional! —dijo el Dr. Everett—. Sucedió un cambio muy pequeño en este universo. ¿Lo haré de nuevo para estar seguro?

—Cuanto más intente —expresó la teniente Ripley mientras una docena de aquellos seres, que no estaban vivos ni muertos, la rodeaban—, otras opciones se le revelarán de improviso. ¡Apresúrese!

—¡No tengo miedo! —exclamé—. ¡Ya no! ¡Debemos utilizarla!

Aún sin esperanza, el Dr. Everett lanzó una carcajada y accionó el artefacto.

Universo 255

Hubo un destello verde de mucha intensidad…

 

Manuel Sauceverde es Doctor en Economía por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y pertenece al Sistema Nacional de Investigadores (SNI). Por un lado, ha publicado diversos artículos científicos en revistas especializadas nacionales e internacionales. En el 2017 obtuvo el Premio Internacional de Investigación “Emilio Fontela”, otorgado por la Sociedad Hispanoamericana de Análisis Input-Output y la Universidad de Oviedo; y en el 2016, el primer lugar en el Premio Internacional de Documentos de Trabajo, otorgado por el Banco Central de Bolivia y la Asociación de Pensamiento Económico Latinoamericano.

Por otro lado, ha obtenido varios premios de narrativa, poesía y música, entre los que destacan los premios Quinta Jornada de Literatura Breve “Tweet por viaje 5.0” (Secretaría de Cultura de la Ciudad de México y Secretaría de Cultura Federal, 2018) y Cuento de Ciencia Ficción “Año Internacional de la Física” (UNAM, 2005). Ha publicado en La Otra, Bitácora de Vuelos, Ariadna, La Gualdra, Periódico de poesía, Narrativas, Le Miau Noir, Cuadernos de Foro Universitario, y Goliardos.

Además, es miembro del ensamble Didar, el cual divulga la Música Clásica Persa en México. Se ha presentado en diversos recintos mexicanos: Plaza Miguel Auza (Festival del Folclor Internacional), Auditorio Blas Galindo (Centro Nacional de las Artes), Plaza Juárez (Festival Internacional Quimera), Sala Manuel M. Ponce (Palacio de Bellas), Teatro Fantasio (Festival Internacional de la Cultura Maya), Museo Nacional de las Culturas (CDMX), Teatro de la Ciudadela (CDMX) y el Antiguo Palacio del Arzobispado (CDMX).

Sus libros en imprenta: Entre una estrella y dos golondrinas (Poesía, Editorial Lectio) y Universos perpendiculares (Narrativa, Editorial Lectio).

 

Por Teresa Muñoz

 

En la oscuridad el sudor se hace más evidente. Ella lo siente por toda su espalda, helado; tiene el escalofrío de las gotas secándose en la parte baja. En esa curva que deja de llamarse espalda y donde espera las manos de él. Tienen buen rato en ese lugar, adivinando sus pieles, sin verlas. Uno junto al otro. Un acuerdo tácito los hizo llegar hasta este lugar, donde el cielo se abre transparente y regala una uña de luna que no alcanza a iluminar sus rostros. 

Basta moverse un poco más para tocarse. Se esperan, se aguantan. No es necesario estirar más. La respiración de él a un costado de ella. El polvo del día acumulado en sus cuerpos se combina con el sudor. Ella sabe que su perfume ha dejado de tener efectividad hace varias horas. La noche y saberse ocultos, provoca ansiedades desconocidas en ellos. Ha pasado mucho tiempo desde que estar juntos a solas un rato, era solo una fantasía. Las sensaciones son nuevas. La mano de él se mueve, pero no se atreve a tocar y ella lo siente. Sabe que él tiene entre las piernas un dilema. Quiere voltear a verlo, besarlo. Tiene el recuerdo de su respiración en sus hombros desde que llegaron ahí.

Se vieron unos meses antes, por primera vez, saliendo de la iglesia. Bueno, para qué mentirse: se vieron durante toda la misa. Electrizados, con la mirada de una en el cuerpo del otro y viceversa. Y al salir, se buscaron nuevamente entre la multitud que se detenía a saludar al sacerdote y a socializar obstruyendo el paso.

Por supuesto que no se atrevieron a hablarse, no era lo propio. Un día ella comenzó a ir a casa de esta nueva amiga, dónde se lo encontró en la puerta, regresando de trabajar cuando ella ya se despedía. Se saludaron tímidamente, no dijeron nada más. Se sentía el oxígeno pesado entre los dos. Pensaron que debían olvidar esa energía que por primera vez los inundaban, antes que alguien se diera cuenta. Cada vez que ella iba a casa de su amiga, se espiaban, esperaban verse, intuían los lugares donde había estado uno o la otra.

El calor es insoportable, no sólo porque el clima del verano lo vuelve así, sino que sus fantasías daban una esperanza cada vez más cerca de cumplir.

Hoy se dio la oportunidad y la aprovecharon. No se vale quedarse sin tocar. El miedo los paraliza y solo hace que la respiración se agite. Ella siente que la humedad resbala entre sus muslos. Él no puede más, tiene cierto temor. Quiere tomarla del cabello, voltearla hacia él, besarla, manosearla, sentir sus piernas enredadas en las suyas. Ella quiere que la aplaste contra la puerta, y toque esas partes que ya vibran, que meta sus dedos por sus huecos, y beberse mutuamente el líquido que se volvió su cuerpo y que ya no sabe distinguir qué es. Se sienten perdidos, confundidos, el pavor los invade.

A lo lejos se siguen viendo las luces de la ciudad. Al principio tenían la idea de algún motel. Ahora están los dos en el auto, lejos de la civilización, esperando que no pase ninguna patrulla y los interrumpa.

Desea calmar la sed de hombre que tiene desde que lo vio por primera vez. En la oscuridad, desliza su mano sobre el muslo de él, quien comienza a meter la lengua en su boca.

Ella sólo ha tenido algunos besos en la mejilla en los juegos que se inventan en la parte de atrás, donde la maleza los deja esconderse, de la escuela secundaria. A veces, alguno de segundo ha querido ir más lejos, pero ella no lo permitió, no quiere estar en boca de todos por culpa de ese muchacho tan poca cosa.

Ahora, mientras se enreda en la lengua de este hombre, toca sin pena todo el cuerpo que tiene casi encima. Ha perdido la noción del tiempo, del espacio, de su madre que la espera, de su amiga que confió en que su padre la llevaría a casa.

 

María Teresa Muñoz Ortiz.  (Minatitlán, Ver.)

Actriz con formación teatral desde 1986 con Rogelio Luévano, Nora Mannek, Jorge Méndez, Jorge Castillo, Abraham Oceransky, entre otros. Diversas puestas en escena, comerciales y cortometrajes de 1986 a la fecha. Directora de la Escuela de Escritores de la Laguna, de agosto de 2004 a diciembre 2014.

Columnista en las revistas electrónicas Bitácora de vuelos https://www.rdbitacoradevuelos.com.mx/ y Escritoras mexicanas https://www.escritoras.mx/

Lic. en Idiomas, con especialidad como intérprete traductor. (Centro Universitario Angloamericano de Torreón). Profesora de diversas materias: literatura (en inglés, francés y español), gramática, traducción, interpretación. Coordinadora de Talleres literarios, Presentaciones de libros, Charlas literarias, Diplomados, en la Biblioteca José Santos Valdés, de Gómez Palacio, Dgo.

Dramaturga y directora de teatro.

Numero actual

Portada BM 1 (3).jpg