Por Teresa Muñoz

 

La escuchas trajinar por la casa, tal vez en el patio. El molesto rumor de la escoba, cantando con rapidez esa tonada que todas las mañanas sin falta te despertó siendo niño, a las seis en punto. No importaba lo oscuro o frío del día, la consigna siempre ha sido y será hasta el fin de los días, que al que madruga ya sabemos que sigue. La escuchas imparable, pasos del patio a la cocina, ruido de cacerolas chocando, el cristal musical, el torrente de agua, la fritura salpicándolo todo, para tener pretexto de seguir limpiando, de seguir haciendo algo, porque la segunda frase de tu vida es, ha sido y será que la ociosidad es la madre de… ya sabes qué. Y tú quisieras que tu madre dejara de pensar en frases hechas, que viniera a sentarse contigo, que el ¿cómo amaneciste?, no fuera una frase arrojada sobre tu cama sin esperar respuesta. Pero no, cuando llegue Toña, la sirvienta, debe encontrar a tu madre haciendo cosas. Debe darse cuenta de que no es una mujer floja; debe ponderar su diligencia.

 En la iglesia, ninguna hija de doña Elvira se verá jamás como una floja, como una mujer que no se hizo cargo de su casa, jamás las verán sentadas, desocupadas, faltaba más: si doña Elvira no paró de trabajar durante toda su sufrida vida, ¿por qué las hijas habrían de ser diferentes?

Pero esta hija en especial, la escuchas y desearías que se acomodara “a no hacer nada” junto a ti. Desearías que se sentara junto a tu almohada o de perdido, al borde de tu cama, o incluso podrías aguantar que lo hiciera en el sillón junto a la puerta, no importará que la oscuridad de la habitación les impida verse a los ojos.

La quieres sentada, escuchando. Escuchando lo que no quiere saber, porque de flojos y golosos…, y tú con tus afanes artísticos eres el menos trabajador de sus hijos. Cómo se te ocurre, querer ser mago, querer ser actor. Esas ansias creadoras que supiste apagar a tiempo. Toda esa poesía que había dentro de ti, que bueno que la enterraste, con esa ceremonia “tan vistosa” en el patio.

Parece que de nada sirvió. Te volviste contador y ella sigue sin darse cuenta de lo que abandonaste para pertenecer. Para aspirar al privilegio siempre negado a todos sus hijos de verla entrar a tu cuarto y preguntar si necesitas algo.

Ella no ve, ni verá lo que puedes ser más allá del niño que iba por las tortillas, o el muchacho que se comía todo lo del plato, el joven que pedía para el camión, el hombre que se graduó y, finalmente el que se fue a trabajar lejos de ella. El que la abandonó por un tiempo.

Aunque ahora todo está bien nuevamente.

Cuando pasaron los primeros sudores, las primeras infecciones extrañas, los primeros dolores, y todo se volvió caótico, decidieron por ti y te trajeron de regreso al único lugar en dónde no querías morir. Las macetas regadas y en su lugar, los sartenes guardados en el mueble, la calle impecable, barrida dos veces al día, el cirio encendido, y el hijo, en casa de mamá, para que no sigan pensando que se fue porque no quería estar con ella.

Atado a la cama sigues, apenas, la procesión de tías, primos, hermanos lamentándose de lo que te pasó, pero sin saber, sin decir qué es lo que pasa. Son palabras prohibidas, son padecimientos que no se toleran en esta casa, no se les ocurra decirlo, la imagen de la familia es intachable, no manchen con su realidad estas paredes impolutas de familia feliz.

Todos se sientan, todos te ven. Ella no. Está ocupada negando la vida, guardando una culpa que le colocaron el día que nació. Flagelándose con el recuerdo que no tiene del momento en que todo se volvió fuera de la normalidad de la iglesia, del pueblo, de su familia.

Quisieras decir tanto. Saber quién es ella. Sentir su mano en tu frente. Porqué te tienen aquí si eres el bulto que espera, que ella no quiere saber qué hacer con él. Qué ella no verá la hora de olvidar.

La debilidad se adueña de ti. Sabes que te vas, y que el anhelo que tienes de que ella acerque su oído a tu boca, de que escuche todo lo que tienes guardado por años, es eso, solo un deseo. Son pretensiones tuyas que nadie hará realidad.

Porque en esta casa, tan limpia, tan ordenada, tan propia, hay cosas que no se dicen, nunca.

 

María Teresa Muñoz Ortiz.  (Minatitlán, Ver.)

Actriz con formación teatral desde 1986 con Rogelio Luévano, Nora Mannek, Jorge Méndez, Jorge Castillo, Abraham Oceransky, entre otros. Diversas puestas en escena, comerciales y cortometrajes de 1986 a la fecha. Directora de la Escuela de Escritores de la Laguna, de agosto de 2004 a diciembre 2014.

Columnista en las revistas electrónicas Bitácora de vuelos https://www.rdbitacoradevuelos.com.mx/ y Escritoras mexicanas https://www.escritoras.mx/

Lic. en Idiomas, con especialidad como intérprete traductor. (Centro Universitario Angloamericano de Torreón). Profesora de diversas materias: literatura (en inglés, francés y español), gramática, traducción, interpretación. Coordinadora de Talleres literarios, Presentaciones de libros, Charlas literarias, Diplomados, en la Biblioteca José Santos Valdés, de Gómez Palacio, Dgo.

Dramaturga y directora de teatro.

 

Por Teresa Muñoz

 

-Habló Luis.­­

Y ya. Dejó caer la frase con todo su significado. Sólo eso dijo. La inocente mirada no varió, ¿o sí? Lo que alcancé a ver en sus ojos no me permitió averiguar si sabe o no, ¿estaría fingiendo? Únicamente a Luis se le ocurre llamar a una hora en que no estoy. ¡Y encima decir su nombre! ¿Qué más le habrá dicho? Quizá ella conoce todo ya o al menos lo sospecha y no quiere hacérmelo notar. Pero… el ritmo de su respiración invariable y el aleteo de sus pestañas no reflejan duda.

¡En mal momento di a Luis el teléfono del departamento!

A ver, examinémosla con calma, mencionó a Luis. ¿Qué tono usó? No de reproche, no, lo habría notado de inmediato. Su melodiosa voz no delató ningún cambio. Pero así es su voz, siempre con esos tonos melodiosos desde que la conozco.

Creo que Luis se salió de control, no me escuchó o no entendió que eso terminó, que no quiero verlo más. ¡Esto es una pesadilla! Ella simula no saber lo que pasó entre Luis y yo o, ¿deveras lo ignora? Será mejor cambiarme de ciudad irme lejos de los dos. La vergüenza de la verdad va a terminar con mi trabajo, mis relaciones, mi prestigio. ¿Para qué seguir fingiendo? ¿Para qué estorbando sus vidas?

Ella me mira, va a dar el mensaje de Luis. Mazatlán al atardecer o Parras al amanecer. ¡Pinche Luis!, tan cursi y sincero a su manera. Pero ¿si ella descubrió todo, entonces porque dijo habló Luis? ¿No sería mejor callar y discutirlo en otro momento? Sí mejor hubiera sido guardar el odio para sí misma. Tal vez ahorita mismo sus labios estén conteniendo todas esas palabras que forman el color de sus pensamientos, de sus insultos al rojo vivo, de lo que ayer fue mi vida y hoy mi vergüenza.

Ella comienza a abrir la boca, me doy cuenta de que no tengo a dónde ir, dónde esconderme de su furia. no sé que fue peor, si haberme metido en la vida de Luis o en la de ella, ¡no! Ellos se introdujeron en la mía. Cada quién por su lado y con su mejor sonrisa, me hicieron caer, uno en mi necesidad y la otra en este matrimonio que seguramente terminará hoy.

Presiento que su piel cambia y se torna color desprecio, ¿cuándo acabará esta pesadilla? “Habló Luis”.

- ¿Y…?

Ahora sí Dante, ahí te voy rumbo al infierno. Y ¿quién sabe? A lo mejor Luis lo que buscaba hablando a mi casa era acabarme, “si no eres mío no serás de nadie”, terminar conmigo para siempre. Ver mi humillación y muerte. Hice bien en dejarlo. Es vilmente vengativo y esta mujer enfrente de mí se prepara interiormente para reclamar y recriminarme. Va a escupir su llanto sobre mí, ¿realmente lo merezco?

-Luis mi hermano, preguntando sobre la cena de mañana, le dije...

¿Habrá notado mi suspiro de alivio? ¿Y mi sonrisa? Olvidé que tengo un cuñado que se llama igual que él.

 

María Teresa Muñoz Ortiz.  (Minatitlán, Ver.)

Actriz con formación teatral desde 1986 con Rogelio Luévano, Nora Mannek, Jorge Méndez, Jorge Castillo, Abraham Oceransky, entre otros. Diversas puestas en escena, comerciales y cortometrajes de 1986 a la fecha. Directora de la Escuela de Escritores de la Laguna, de agosto de 2004 a diciembre 2014.

Columnista en las revistas electrónicas Bitácora de vuelos https://www.rdbitacoradevuelos.com.mx/ y Escritoras mexicanas https://www.escritoras.mx/

Lic. en Idiomas, con especialidad como intérprete traductor. (Centro Universitario Angloamericano de Torreón). Profesora de diversas materias: literatura (en inglés, francés y español), gramática, traducción, interpretación. Coordinadora de Talleres literarios, Presentaciones de libros, Charlas literarias, Diplomados, en la Biblioteca José Santos Valdés, de Gómez Palacio, Dgo.

Dramaturga y directora de teatro.

 

Por Lisardo Suárez

 

Mira dos veces para ver lo justo. No mires más que una vez para ver lo bello.

HENRY F. AMIEL

 

Al terminar, me levanto y busco cigarrillos en la chaqueta. Enciendo dos antes de volver a la cama; le paso uno a Sepp, que permanece tumbado. Me acomodo junto a él, con la cadera cerca de su hombro.

—¿Te ocurre algo?

Desde que llegó, apenas ha hablado. Los hombres en silencio son muy atractivos porque me permiten suponer sus pensamientos a mi antojo. Eso me gusta, igual que la masculinidad casi brutal que hace bello cualquier rasgo tosco. Tarda unos segundos en responder:

 —Me preocupa mi jefe.

Procuro que mi rostro disimule la decepción ante esa falta de confidencias sentimentales. Disfruto el sexo vigoroso, sí, pero también me gusta sentir que se enamoran aunque sea un poco. Doy una calada al cigarrillo mientras se incorpora hasta que la parte inferior de sus hombros, anchos y fuertes, queda apoyada contra las almohadas.

—Lo noto más pálido que de costumbre. También la esposa está preocupada. Cuando fuimos a su casa el otro día, ella dejó el salón para comentarlo conmigo en la cocina: «Está agotado. Por favor, cuídelo mucho».

Me limito a asentir con una expresión que evita cualquier compromiso por mi parte. De la posibilidad de algún brote de cariño pasamos a la realidad del estado anímico del mismísimo Reichführer-SS Himmler. Fantástico.

—Qué abnegada la señora Margarete. Apenas se ven porque el trabajo de su marido es demasiado importante para todos nosotros y siempre está ocupado; ni tiene tiempo para jugar con sus hijos. Somos afortunados de que alguien así cuide del futuro de Alemania.

Por mi parte, pienso en la suerte de que un pecho tan poderoso como el de Sepp frote mi espalda cuando hacemos el amor; pero él está empeñado en sacarme de la sensualidad de mis pensamientos.

—Paga un precio personal muy alto. Incluso su salud se resiente y muchas veces está exhausto. La primera vez que lo vi desfallecer fue en Madrid; sufrió un vahído mientras asistíamos a una corrida de toros. Creo que la lluvia de esa tarde le causó fiebre.

Mientras paso la mano por su bíceps izquierdo, enorme y con una vena tan gruesa como sugerente, recuerdo las miradas tan intensas de los toreros que he visto en fotos. Sepp impide que me sumerja más en esos ojos varoniles de mi imaginación porque sigue hablando.

—El calor le jugó una mala pasada en Minsk. Cuando supervisaba de cerca unas ejecuciones, a pleno sol de agosto, se mareó y casi termina caído en la fosa común. Mientras se recuperaba, aproveché para limpiar los restos que habían salpicado su uniforme.

Sus abdominales, esculpidos en granito, me salvan de reflexionar sobre esa imagen. Cada vez que mi dedo cae entre los relieves para volver a subir, noto una presión agradable en el estómago y más abajo.

—Siempre volcado en su labor. Que si el gas del combustible diésel es más efectivo, que si hay que hacer un consejo de guerra antes de cualquier Aktion contra partisanos, que si un banquete después de los tratamientos especiales. Lo primero es el trabajo; una vez acortó su masaje semanal de espalda para firmar la orden de unas ejecuciones.

Ignoro casi todas las palabras que pronuncia excepto lo del masaje. Me fijo en sus manos grandes, de uñas sin manicura pero limpias, con dedos largos y recios. La presión desciende un poco más mientras apago el cigarrillo.

—Por mucha responsabilidad que tenga, es minucioso con los detalles. Cuando analizaron la mejor manera de ahorrar sufrimientos a los pacientes del psiquiátrico de Novinki, él sopesó todas las opciones antes de autorizar la dinamita.

»O lo de aquel muchacho ante el pelotón. Mira que le preguntó si alguno de sus antepasados no era judío; y el chiquillo, erre que erre. ¡Pues claro que fue imposible ayudarlo!

Al escuchar la palabra pienso en la circuncisión. He visto varias y creo que son elegantes, como las prendas de cuello vuelto de los marineros. Pero la capucha de Sepp me gusta: tiene algo de verdugo; es excitante.

—Hace poco fuimos a casa de su secretaria personal, la señorita Potthast. ¿Puedes creer que, además de firmar toda la documentación pendiente, tuvo tiempo para jugar con sus dos niños?

»Esta misma noche, antes de venir a verte, le pregunté si necesitaba algo más. Miraba las estrellas con una expresión muy concentrada. Seguro que tenía mil asuntos sobre los que reflexionar, pero ¿piensas que me despidió con un gesto? Nada de eso. Sonrió con calidez y dijo: «Puede usted retirarse, gracias».

Yo también siento calidez y también quiero jugar. Tanteo sus muslos, repletos con una musculatura que me impide abarcar siquiera uno de sus lados con ambas manos.

—Pero cada vez se le nota más agotado. Durante una ejecución, ocurrió otro desvanecimiento. El frío de diciembre es muy traicionero. Por suerte estaba sentado, terminó con la cabeza entre las rodillas y sus gafas chocaron contra el suelo; menos mal que no se rompieron.

»Ahora le han encargado comandar unidades militares y, además, dirige el Ejército de Reserva. Está más tenso, las ojeras crecen día a día. ¿Creen que ese hombre es inagotable?

Parece preocupado de verdad. Me apetecen hechos y no palabras, maldita sea, pero él quiere que lo escuche.

—Nos presionan en dos frentes. ¡Ahora es cuando Alemania más lo necesita!

Mientras acerco mi exploración a su entrepierna, bromeo con que Himmler debería tomar vitaminas. Sepp se enfada. Resulta sorprendente lo rápido que es capaz de moverse con su gran envergadura: me tira al suelo de un puñetazo.

—¡Déjate de chistes, Karl! ¡Muestra respeto por él! ¡Muestra respeto por Alemania!

Quedo frente a él, medio de rodillas, medio sentado. A la altura de mi cara dolorida, su pene; muy cerca. Pienso en Alemania. Ignoro qué piensa Sepp pero tiene una erección que, por alguna causa que no entiendo, encaja muy bien con la furia en su rostro. Empuja y gira mi cuerpo hasta aplastarlo bocabajo. Me penetra. Siguen sus gritos. Me hace daño.

—¡Muestra respeto, Karl! ¡Muestra respeto!

Me siento Alemania.

 

Lisardo Suárez (Gijón, 1970) se amparaba antes en la discreción de los seudónimos para escribir, pero ahora firma con su verdadero nombre casi siempre. Sus trabajos de narrativa breve han recibido más de ochenta reconocimientos en diferentes concursos, convocatorias, certámenes y antologías. En el apartado de revistas literarias, ha sido seleccionado para colaborar con Narrativas, Visor, Extrañas noches, El Narratorio, Sinestesia e Ibídem, entre otras.

 

Por Fernán Otero

 

Una mano me tocó el hombro.

̶ Ya llegamos joven ̶ dijo el policía, despertándome amablemente.

Me levanté de súbito. Salí del vagón mirando a todos lados con los ojos entreabiertos, aún tambaleando. Di unos pasos y, poco a poco volví en mí. Observatorio, esa era la estación en la que me encontraba. Subí las escaleras para poder regresar a casa. Se abrieron las puertas del gusano naranja y me dejé caer nuevamente en el asiento. Comenzaron las interrogantes: ¿cómo rayos llegué aquí?, ¿dónde estaba?, ¿con quién estaba? De inmediato mis manos se fueron a los bolsillos buscando cartera, teléfono y llaves. ̶Todo en su lugar̶ suspiré̶. Y en seguida más interrogantes, pero la principal: ¿dónde comenzó todo? 

Sólo recuerdo una pequeña cantina sobre la calle Bolívar y frente a mí, Don Julio, con un tarro en mano y esa anestesia que lo hace a uno, volar o caer. El banco me quedaba alto por lo que mis pies se columpiaban. Di un trago y giré para ver quienes estaban en el lugar. Fue extraño, el bar parecía estar tapizado, había muchos cuadros, colores, miré hacia abajo, y una alfombra roja adornaba el lugar. Me dispuse a bajar de mi asiento, aquella alfombra comenzó a elevarse, tambaleé, ¡y eso que era el primer trago de esa anestesia! Recordé mis años de skateboarding y comencé a equilibrarme, ¡la maldita alfombra parecía estar en contra mía! Se elevó más, topé hasta el techo. Retumbaba en el lugar Strange days de “The Doors”, las oscilaciones de la alfombra comenzaban a estabilizarse como si la música la hipnotizara, pude domarla y, como tabla de surf viré a la puerta. Logré salir golpeando las cabezas de los que apenas entraban, el tumulto de la calle Bolívar no se hacía esperar, afortunadamente yo traía alfombra voladora. Pude esquivar a la gente que me rodeaba y comencé a elevarme. Alcancé a evadir un autobús, pero quería ir más arriba y ver las azoteas del centro. Estos días de enero traen ¡unos ches… fríos que…! Menos mal que estaba abrigado, sin embargo el aire comenzó a golpearnos, a mí y a “Roja”. Así comencé a llamarle cuando empezó a hablar.

̶ ¡Más alto! ̶ grité.

̶ Ustedes no entienden̶ expresó en tono burlón.

Como si tomáramos impulso con el aire, volamos más rápido. Toda la calle Bolívar pasaba bajo nosotros: los coches y la gente. Llegamos al corredor de Madero y giró a la izquierda hacia la Torre Latino. Pensé en ese momento: ¡quiere estrellarme en la Latino! Pasamos Bellas Artes y se detuvo.

̶ ¡Ya viste! ̶ me dijo.

̶ ¿Qué?

̶Aquellas parejitas.

̶ ¿Qué tienen? ̶ dije incrédulo

̶ Nada̶ se notó molesta.

Siguió adelante, esquivó algunos árboles y giró sin avisarme siquiera. Quedé cabeza hacia el suelo sujetándome sólo de mis pies.

̶ ¡Estás loca! ̶ le grité, sólo se carcajeó.

Pasamos el “Cinemex” de Palacio Chino, volamos sobre algunos de los edificios de este Centro Histórico hundido por los años, llegamos a la avenida Izazaga. Me pidió que me bajara, comenzamos a caminar, ella, ya erguida, comenzó a hablar y hablar…

Regresamos a la cantina de donde salimos. Don Julio me sonreía sirviendo un tarro más al lado del mío que aún seguía ahí. Roja estaba sentada, me sentí extrañado, comenzamos a hablar de los pequeños encuentros, de esos instantes en que uno no espera estar bajo las sábanas. Tenía los ojos entreabiertos, Roja me abrazó y susurró…

Tragos, sudores y alucinaciones,

besos, saliva y contemplaciones,

vasos rotos, gente y gritos,

música, todos lloran,

botellas, conversaciones y mal de amores,

cigarros, parloteo y risas,

miradas, insinuaciones y lindos escotes,

vacíos, hombres y mujeres,

noches, hoteles y regaños,

madrugada, calles y luces,

sol, lentes y dolor de cabeza,

adiós, sí, adiós...

            Todo volvió a mi memoria en ese momento: las calles, Don Julio, “The Doors”, la Latino. Volví a hurgar en mis bolsillos, toqué mi chamarra, sentí un bulto en el pecho, saqué un pequeño papel y un mechón de cabello pelirrojo. Aquella nota tenía una escritura alargada y estética, tenía un número telefónico y una frase que decía: <<A ver cuando volvemos a volar juntos, tu Roja…>>

 

Por Marvin Salvador Calero Molina

 

Por alguna razón deambulaba en las calles de Juigalpa, la última vez que la miré estaba en sus cabales, atendía en su consultorio a un demente que se creía Cacique de la tribu de los Chontales. Pasé cerca de ella en uno de los largos pasillos del hospital. El anochecer se anunciaba desde las campanas de la catedral de la virgen de la Asunción que daban el último repique para la misa de jueves. No había cambiado mucho, pese a las ojeras y la delgadez de su cuerpo, mantenía un poco de la esencia de la persona que solía ser hace un tiempo. Salvo por la demencia que se había apoderado de ella desde hacía algunos años. Hablaba para sí, distante de sus estudios sobre psiquiatría. Cerca de ella, su último paciente dibujaba en su rostro unas líneas curvas y se alistaba para la caza.  Ella observaba con tristeza la calle vacía que da hacia las cordilleras de Amerrísque como quien espera que de la distancia aparezca alguien que traiga consigo los cabales que perdió hace algunos años.

 

(Cuento oroginalmente publicado en el libro Cien maneras de cortar el horizonte, Editorial Publicaciones Entre Líneas, Miami, EE.UU. 2019)

 

 

Marvin Salvador Calero Molina. (Juigalpa, Chontales, Nicaragua 1983). Presidente de la Academia Norteamericana de Literatura moderna Internacional Capitulo Nicaragua. Miembro del Clan Intelectual de Chontales y del colectivo de Turrialba literaria (Costa Rica) dirigido por la editora Marisa Daniela Russo.  Su poesía y cuentos han sido publicados en Antologías, Revista, periódicos y medios electrónicos en Rumania, España, Holanda, Costa Rica, Perú, Bolivia y Estados Unidos.  Como la prestigiosa Revista O trecere prin cuvinte y las Antologías “Voces del vino” y “Voces del Café” de María Palitachi, Antología Iberoamericana de microcuento de Homero Carvhalo Oliva.

Ha publicado los libros:

Yo no conozco tu historia (Sin editorial, 2000) Elegía a Rubén Darío y Canto a la muerte (Sociedad nicaragüense de jóvenes escritores, 2016) Cuentos de Minería (Nido de cuervos, 2017). Cien maneras de cortar el horizonte (Editorial Entrelineas, Miami EEUU 2019)

 

Por Ángel Fuentes Balam

 

—Decidí ya no mirar mi cara sobre el lago. Decidí romper todos los espejos de mi casa. Yo soy fea y quisiera caminar solita entre la negrura de mis paredes calcinadas por siglos de vejez. “Eres fea”, cantan las niñas del pueblo y me señalan. Y me siento a llorar tranquila, recostada en una roca, donde ningún fauno, ningún duende, viene a perturbar mi tristeza.

Siento el pasto, reverdece con mis lágrimas. El bosque me arropa como mi mamá nunca lo hizo.

No quiero que la gente me vea. No quiero ver sus caras de disgusto por mi cuerpo. Me duelen sus risas, sus susurros, sus miradas… Quiero estar acostadita y sola, en mi cama, desde donde puedo viajar a cualquier lugar, o caminar entre los árboles que no me juzgan por quién soy. Jugar a que monto en un pájaro turquesa y vuelo más allá de la lengua de los otros.

Quiero ser como esas niñas guapas que se anudan grandes moños y asisten al catecismo para que todos las admiren. ¿Dios puede quererme sin moño enorme?

—No digas bobadas —dice el campanario de las seis— tú eres hermosa.

Y me lo repito en el camino a casa, para que lo crea. Hasta lo volví una canción:

 

¡Tú sí que eres hermosa, ninfa rota!

Hermosa como una telaraña,

o como el atardecer y la mañana.

¡Todos te quieren, ninfa rota!

 

Abuelita igual lo dice, pero no le creo. Las abuelitas mienten demasiado y te obligan a comer. Yo no quiero comer. Quiero ser liviana en el columpio.

 

—No digas bobadas —dice el roble—. Dentro de ti hay más belleza, porque Dios te hizo al revés que al mundo, porque lo miraba en el espejo (ojo de cielo) y todo se veía de otro modo. A las ninfas rotas las creó al séptimo día, no es verdad que se puso a descansar. De ti brotan las cosas más hermosas. Es tu sangre, hermosa.

—¡Yo quiero que me vean! —Grito—. Sólo a los bonitos ven. Sólo dan medallas a las niñas guapas que se esmeran en sus moños y que no hablan de otras cosas.

—Tú puedes hablar con los árboles y hasta con los campanarios. Esas niñas que dices, no saben hablar.

—Pero a ellas las quieren. ¿De qué me sirve entonces, roble, saber hablar contigo? ¿Me puedes amar? Las veo jugar, lejos… Me dan ganas de ponerme vestiditos y ser guapa. Pero aunque lo intente, no soy guapa y nunca lo seré.

Y me pongo a llorar y mi amigo roble me deja subir entre sus ramas.

Ayudo a abuelita en la cocina, mientras platico con el polvo. Casi nunca me contesta, pero sabe escuchar bien. Escucho que llueve y me da gusto. Alimento a los gatitos flacos que se acercan cada jueves a echarse al pan.

Ya no miro mi cara sobre el lago. Me quedo sentada y sin hacer ruido, en la orilla espesa. Quiero ahogarme; me dan ganas de saltar y hundirme para siempre, a ver si como sirena tengo suerte. Pero me quedo mirando hacia la nada, hasta que anochece y llega por fin la hora de dormir.

 

Ángel Fuentes Balam. Mérida, Yucatán, México. 1988. Director de teatro, escritor y actor. Es autor de los libros: “Melodía tu engranaje quieto” (Editorial El Drenaje), “Cruoris o la rabia que fuimos” (Libros en Red) y “Devoré el cráneo de Eros” (Ediciones O). Ha publicado en las antologías: “Pyramid”, “Small Claim of Bones”, “Cuéntanos tu locura”, “La memoria de los días”, “Dramaturgia Express I”, “Karst. Escritores de la península de Yucatán” y en diversas revistas a nivel nacional e internacional entre las que destacan: “Morbífica”, “Círculo de escritores”, “Río Arriba”, “Mollete literario”, “Ariadna-rc” y “Delatripa”. Productor de: “Buqueic” (2017-2018), presentación de lectura y acciones escénicas sobre literatura pornográfica, erótica y violenta, realizada por autores mexicanos.

Desde la hamaca 

(Columna)

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Por Mercedes Alvarado

 

Para Clara, luminosa siempre, que ya no cumple años.

 

Eliseo Alberto tenía 42 años de edad y cinco viviendo el exilio en México cuando publicó la novela La eternidad por fin comienza un lunes, título que toma de un verso de su padre y a partir del cual construye un universo de personajes inauditos tanto en su condición física como en sus saberes y formas de leer el mundo.

Asdrúbal el mago está borracho, esperando junto al lago con un poeta fugitivo mientras su mujer da a luz a un niño. Escucha el llanto de su hijo y vuelve; trastabilla, se golpea con los muebles y avanza -la borrachera se le ha bajado en un momento- para llorar en su alegría ‘por los pobres locos que nadie escucha, por los pobres tontos que nadie entiende, por los pobres mendigos que nadie asiste, por los pobres vagabundos que nadie acoge…’ Llora y sigue, ‘por los hombres y mujeres que vagan por las ciudades sin un número de teléfono al que llamar, una puerta a la que tocar, sin una esperanza a la que apelar; por los recién casados que la noche de bodas se quieren tanto que no pueden hacer el amor, por los que cada lunes compran billetes de lotería y cada domingo descubren que el número ganador ha sido otro […] por los que jamás han dudado al dar un paso, por los que jamás han padecido el tormento de los celos, por los que jamás han dicho lo que piensan, por los que jamás se han atrevido a llorar en público […] y, aunque mucho lloró las lágrimas le alcanzaron para llorar también por él.

El fragmento, magnífico, concluye en la pregunta que le hace el poeta: ‘¿Qué le pasa, maestro?’, y la respuesta tajante del mago: ‘Que he dejado de ser hijo’.

Cómo no detenerse ante la colección de sinsentidos que llevan a Asdrúbal a ese llanto que, aun cuando termina, resuena y es río largo, larguísimo.

Y me ha dado por pensar en cuánto habrán llorado las madres y las abuelas frente a los cuerpos de los que llegan. Y en cuánto hemos llorado nosotros, hijos y nietos, cuando hemos asistido a la despedida de quienes nos recibieron. Es esta otra manera de dejar de ser hijas, hijos.

Hay quienes heredan propiedades, bibliotecas, joyas o trajes; otros nos dejan historias, complicidades, versos que nombran novelas, o formas de caminar en el mundo.

Larga vida a estos últimos porque sin ellos, sin ellas, la vida y la muerte carecerían de sustancia y ritmo.

 

 

 

Por José Luis Domínguez

 

Foto mía de Libertad Villarreal.jpg 

Mi abuela Quinta creía en un dios,

iba a misa todos los domingos,

y me llevaba.

En cuanto supe que ahí hablaban de cosas que no entendía,

y de nombres que no entendía,

como corintos, tesalonicenses, cafarnaum, sodomas y gomorras,

ya no quise ir,

pero, obligado por las costumbres anacrónicas,

por el viejo hábito que hace a más de un monje,

seguí yendo.

Al que le decían el padre no se le conocían hijos

-al menos no había alguien que supiera si tenía o no-

y yo era un hijo que no tenía un padre.

El padre aquel y yo, sin saberlo, éramos antípodas.

El padre que no tenía hijos hablaba de otro padre que estaba en los cielos,

y el hijo sin padre que era yo y que estaba en la tierra

se preguntaba qué rayos estaba haciendo el otro padre tan arriba.

Yo no tenía conocimiento entonces de que el arriba era el abajo y viceversa,

ni de que la tierra giraba en rotación y traslación,

ni sabía de esos horrendos espacios infinitos de los que había hablado un tal Blaise Pascal,

ni de que había más planetas, y más allá galaxias y galaxias sin fin

-tenía yo diez años y las únicas clases de astronomía las recibiría poco después con el señor Spock-

Pero el padre sin hijos que hablaba del padre de los cielos

cada vez que hacía mención de ese asunto volteaba hacia arriba.

Y yo salía de misa pensando si los astronautas que recién habían llegado a la luna

conversaban con ese padre de los cielos cada vez que flotaban por allá.

Y fui creciendo

y a la vuelta de los años dieron vuelta los sermones

que el padre sin hijos, el padre con vestido largo, sacaba siempre de un enorme libro

como si se sacara un as de debajo de la manga,

y entonces supe que aquello que se hacía los domingos, aquel ritual,

era ejercer lo religioso,

y que no cumplir con ciertas reglas

era como arrastrar detrás de sí un terrible cataclismo.

Y mis noches se llenaron de espanto,

y yo, que no conocía el plomo candente del vocablo pecado,

vine a escucharlo ahí,

y según lo estipulado en ese enorme libro donde venía escrita la palabra sagrada,

yo pecaba,

pecaba con la diestra y la siniestra,

pecaba con los pies,

pecaba con los ojos y con el pensamiento,

pecaba con todo lo ancestro y con todo lo moderno,

pecaba desde antes de nacer,

pecaba después de nacer,

y yo, el pecador, sin querer serlo, me volvía más pecador,

era yo entonces como un soldadito de plomo de las huestes del altísimo.

Más tarde supe que en este mismo mundo, no en el otro,

existían los musulmanes, los hindúes y los chinos, entre otros muchos pueblos,

y que todos y cada uno de ellos creían en un distinto dios,

y a todos y a cada uno de ellos les habían asegurado

que no había otro dios como el de ellos,

y que todos los que no creyeren y no tuvieren fe,

perderían su recompensa.

Y entendí que en ello radicaba el mal principio de la intolerancia,

que pertenecer a una religión era como pertenecer a un club,

y entonces comencé a preguntarme:

¿por qué un club podía ser mucho más importante que el otro?

¿por qué el dios que se adoraba en un club no era el mismo que se adoraba en los otros?

¿por qué, para conocer a dios, había, necesariamente, que pertenecer a un club?

Y comprendí de golpe que ser cristiano era sólo una circunstancia que implicaba geografía,

que pude haber nacido entre los musulmanes,

entre los hindúes,

entre los chinos,

pero por desgracia o por fortuna,

-nadie lo sabrá jamás-

había nacido en un vasto continente llamado América.

Y supe que la geografía era una clase misteriosa de predestinación,

de obligatoriedad oculta bajo el disfraz de fe o de autoconocimiento,

y que el dios sólo era una consecuencia de utilizar un cinco por ciento mi cerebro,

y ya no quise ser cristiano, ni salvarme de algo que -¡Rayos!- no entendía.

El colmo de los colmos fue cuando en una misa

el padre sin hijos dijo a través del micrófono a los feligreses

que necesitaba un vehículo, porque el suyo era una garrita,

y ya no aguantaba un pial,

pero que si íban a regalarle uno,

que estuviera nuevo, si no, no.

¡Qué desparpajo el suyo!

¡qué descaro!

A la semana siguiente, uno de aquellos feligreses,

el más rico de todos, por supuesto, tenía asegurado el cielo.

El padre sin hijos y con sotana, ahora se movía en una Ram Charger del año,

tan perfecta como el reino de Dios.

Y me salí de la iglesia con minúscula,

y me salí de la Iglesia con mayúscula,

que no son la misma cosa.

Y me salí pensando que no regresaría

hasta que no sustituyeran todos los cristos crucificados

de todas las iglesias del mundo,

por cristos resucitados,

o sea, nunca,

porque la base del control de la santa iglesia católica, apostólica y romana

radicaba, precisamente,

en el profundo sentimiento de culpa sembrado entre las masas.

Mi abuela Quinta ya murió,

el padre sin hijos también y a ambos los cubre la misma arcilla roja.

Y el hijo sin padre que soy, eso es lo único seguro, pronto seguiré la misma senda,

y seré sepultado con mi cerebro noventa y cinco por ciento sin usar

porque simplemente nunca supe cómo hacerlo,

y en el mundo seguirán los musulmanes, los hindúes, los chinos y los cristianos,

pregonando cada uno su verdad como la única,

combatiéndose unos contra otros,

intentando convencerse

de que unos y otros tuvieron siempre la verdad

y nada más que la verdad,

y de que el otro estuvo siempre equivocado,

porque

-Es sólo Alá. Sólo Él.

-Es sólo Krishna. Sólo Él.

-Es sólo Buda. Sólo Él.

-Es sólo Cristo. Sólo Él.

Éramos una familia pequeña. Vivíamos en los bordes de la ciudad, afuera de Lahore y cerca de un pueblo musulmán. De pronto, comunidades que habían sido grandes amigas y habían vivido juntas por décadas y siglos empezaron a pelear. Recuerdo cuando mi madre se acercó a mí en la noche con dos espadas en las manos y me dijo:

-Duerme con ellas bajo la almohada. Y tu hermana, la que tiene cinco años, dormirá en la otra cama. Si atacan los musulmanes, mata los más que puedas. Y si ves que te superan, mata a tu hermana y luego mátate.

Y quizás dios no exista en absoluto.

quizás dios sólo sea una justificación válida para un grupo de almas perdidas

que anhelan inútilmente pertenecer a algo

luchar por ese algo,

matar por ese algo

y ese algo bien pudiera ser el club de los hombres que se fabrican dioses.

Me he pasado toda la noche maravillosamente bien,

desinfectando el cielo con cloruro de mercurio,

sin encontrar el más mínimo rastro de Dios.

Y porque sigue habiendo padres sin hijos

e hijos sin padre,

este texto,

a qué dudarlo,

debería escribirse en bastardillas.

 

José Luis Domínguez. Escritor polígrafo nacido en Cd. Cuauhtémoc, Chihuahua, 1963. Es promotor cultural desde 1992, cuando funda el primer Taller literario en su comunidad. Coordinó el grupo filosófico de los Neoexistencialistas y el taller literario “Scripta manent”, hoy llamado “Octavio Paz”. Ha coordinado los talleres literarios en las ciudades chihuahenses de Jiménez, Delicias, Guerrero. Ha fundado, coordinado y sido colaborador de varias revistas literarias del norte de México.

Libros: "Jonás", 1996; "Quinteto para un pretérito", 2000; "El jardín del colibrí", ensayo literario, 2002; el poemario "Los dedos en la llama”; crónica y memorias "El Barrio Viejo de mis recuerdos", 2006. El libro “Diez leyendas de Cuauhtémoc”, 2007. En 2008, la editorial canadiense Lettres des forges le publica “El amor es un tibio, tierno cuerpo de mujer” en francés y español. También aparece el libro “El amor destruye lo que inventa” en el sello de la editorial de la Universidad Autónoma del Estado de México. Sus textos poéticos también han sido traducidos al inglés y al griego. En el 2009, la editorial veracruzana de Orizaba, Letras de Pasto Verde, le publica el cuadernillo de poemas titulado “Homenajes”. En el 2012, la editorial de la Benemérita Universidad de Puebla le publica el poemario “Palimpsesto”. En el 2013 publica el libro 12 Leyendas de Cuauhtémoc”. En el 2014 publica su poesía reunida “Los dedos en la llama”. En 2016 publica los libros “La otra historia de los menonitas”, “Manual de Poética para Universitarios” y “Dèja Vu y otros cuentos”. Desde hace ya varios años ha trabajado fomentando los cineclubs en varios cafés y restaurantes de su comunidad, además de ser el editor de los trabajos literarios de los alumnos del taller que coordina en su comunidad.

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