Por Teresa Muñoz

 

La escuchas trajinar por la casa, tal vez en el patio. El molesto rumor de la escoba, cantando con rapidez esa tonada que todas las mañanas sin falta te despertó siendo niño, a las seis en punto. No importaba lo oscuro o frío del día, la consigna siempre ha sido y será hasta el fin de los días, que al que madruga ya sabemos que sigue. La escuchas imparable, pasos del patio a la cocina, ruido de cacerolas chocando, el cristal musical, el torrente de agua, la fritura salpicándolo todo, para tener pretexto de seguir limpiando, de seguir haciendo algo, porque la segunda frase de tu vida es, ha sido y será que la ociosidad es la madre de… ya sabes qué. Y tú quisieras que tu madre dejara de pensar en frases hechas, que viniera a sentarse contigo, que el ¿cómo amaneciste?, no fuera una frase arrojada sobre tu cama sin esperar respuesta. Pero no, cuando llegue Toña, la sirvienta, debe encontrar a tu madre haciendo cosas. Debe darse cuenta de que no es una mujer floja; debe ponderar su diligencia.

 En la iglesia, ninguna hija de doña Elvira se verá jamás como una floja, como una mujer que no se hizo cargo de su casa, jamás las verán sentadas, desocupadas, faltaba más: si doña Elvira no paró de trabajar durante toda su sufrida vida, ¿por qué las hijas habrían de ser diferentes?

Pero esta hija en especial, la escuchas y desearías que se acomodara “a no hacer nada” junto a ti. Desearías que se sentara junto a tu almohada o de perdido, al borde de tu cama, o incluso podrías aguantar que lo hiciera en el sillón junto a la puerta, no importará que la oscuridad de la habitación les impida verse a los ojos.

La quieres sentada, escuchando. Escuchando lo que no quiere saber, porque de flojos y golosos…, y tú con tus afanes artísticos eres el menos trabajador de sus hijos. Cómo se te ocurre, querer ser mago, querer ser actor. Esas ansias creadoras que supiste apagar a tiempo. Toda esa poesía que había dentro de ti, que bueno que la enterraste, con esa ceremonia “tan vistosa” en el patio.

Parece que de nada sirvió. Te volviste contador y ella sigue sin darse cuenta de lo que abandonaste para pertenecer. Para aspirar al privilegio siempre negado a todos sus hijos de verla entrar a tu cuarto y preguntar si necesitas algo.

Ella no ve, ni verá lo que puedes ser más allá del niño que iba por las tortillas, o el muchacho que se comía todo lo del plato, el joven que pedía para el camión, el hombre que se graduó y, finalmente el que se fue a trabajar lejos de ella. El que la abandonó por un tiempo.

Aunque ahora todo está bien nuevamente.

Cuando pasaron los primeros sudores, las primeras infecciones extrañas, los primeros dolores, y todo se volvió caótico, decidieron por ti y te trajeron de regreso al único lugar en dónde no querías morir. Las macetas regadas y en su lugar, los sartenes guardados en el mueble, la calle impecable, barrida dos veces al día, el cirio encendido, y el hijo, en casa de mamá, para que no sigan pensando que se fue porque no quería estar con ella.

Atado a la cama sigues, apenas, la procesión de tías, primos, hermanos lamentándose de lo que te pasó, pero sin saber, sin decir qué es lo que pasa. Son palabras prohibidas, son padecimientos que no se toleran en esta casa, no se les ocurra decirlo, la imagen de la familia es intachable, no manchen con su realidad estas paredes impolutas de familia feliz.

Todos se sientan, todos te ven. Ella no. Está ocupada negando la vida, guardando una culpa que le colocaron el día que nació. Flagelándose con el recuerdo que no tiene del momento en que todo se volvió fuera de la normalidad de la iglesia, del pueblo, de su familia.

Quisieras decir tanto. Saber quién es ella. Sentir su mano en tu frente. Porqué te tienen aquí si eres el bulto que espera, que ella no quiere saber qué hacer con él. Qué ella no verá la hora de olvidar.

La debilidad se adueña de ti. Sabes que te vas, y que el anhelo que tienes de que ella acerque su oído a tu boca, de que escuche todo lo que tienes guardado por años, es eso, solo un deseo. Son pretensiones tuyas que nadie hará realidad.

Porque en esta casa, tan limpia, tan ordenada, tan propia, hay cosas que no se dicen, nunca.

 

María Teresa Muñoz Ortiz.  (Minatitlán, Ver.)

Actriz con formación teatral desde 1986 con Rogelio Luévano, Nora Mannek, Jorge Méndez, Jorge Castillo, Abraham Oceransky, entre otros. Diversas puestas en escena, comerciales y cortometrajes de 1986 a la fecha. Directora de la Escuela de Escritores de la Laguna, de agosto de 2004 a diciembre 2014.

Columnista en las revistas electrónicas Bitácora de vuelos https://www.rdbitacoradevuelos.com.mx/ y Escritoras mexicanas https://www.escritoras.mx/

Lic. en Idiomas, con especialidad como intérprete traductor. (Centro Universitario Angloamericano de Torreón). Profesora de diversas materias: literatura (en inglés, francés y español), gramática, traducción, interpretación. Coordinadora de Talleres literarios, Presentaciones de libros, Charlas literarias, Diplomados, en la Biblioteca José Santos Valdés, de Gómez Palacio, Dgo.

Dramaturga y directora de teatro.

 

 

Por Juan Antonio Rosado

COLUMNA TRINCHES Y TRINCHERAS

 

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El deseo es un movimiento psíquico que revive recuerdos de sensaciones asociadas a la satisfacción de una necesidad, a un placer, pero que puede ser independiente de ese recuerdo cuando no actúa el recuerdo como tal, sino la imaginación; por ejemplo: «qué haría si tuviera tal cosa que no tengo ni nunca tuve antes». Pero ese movimiento se genera siempre en la imaginación o la fantasía, y se dirige hacia lo que otorga placer, hacia lo agradable, por más imposible o difícil que sea. Tal movimiento nos saca de nosotros mismos y no podría existir sin la privación de lo deseado. Como ya se ha expresado, el deseo enfatiza la carencia. Sea deseo o afecto, lo relevante es la dirección, el movimiento hacia el exterior propiciado por una imagen o por cualquier sensación. Del desear se puede pasar al codiciar cuando emerge la ambición por lograr un proyecto, ya que todo proyecto se lanza hacia afuera y pretende su realización en el futuro. Ni el proyecto ni el deseo ni la codicia permanecen en el presente; no funcionan aquí ni ahora. Se dirigen a lo ajeno, al afuera, al mañana.

La Biblia ordena no codiciar bienes ajenos. ¿Pueden codiciarse los propios? ¿Puede desearse lo que ya se tiene? No, pero puede desearse lo que no pertenece a nadie, sino sólo a nuestra imaginación. En tal caso, construimos un proyecto, pese a que nada provenga de la nada. Hasta aquí, he usado las palabras «deseo» y «codicia» por estar muy relacionadas, pero hay distancia entre el uno y la otra, sobre todo porque la segunda, por su carácter violento, es capaz de obrar de forma negativa en la realidad. Sin embargo, como sucede con los demás mandamientos, también el décimo se halla descontextualizado. Un preso (y si nos referimos en particular a un encarcelado injustamente) puede y debe codiciar su libertad, que en ese momento es un bien ajeno y no suyo. Aquí no sólo se trata de desearla o anhelarla. Si la codicia puede actuar para que el yo sea de nuevo libre, utilizando todos los medios para que su proyecto llegue a buen fin, ¿por qué no codiciar ese bien ajeno, sobre todo si ya se tuvo con anterioridad? Aquí operan el recuerdo y la fantasía.

 

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Pero más allá de situaciones concretas o de bienes abstractos como la libertad, ¿es posible vivir en un mundo donde no haya nada ajeno? Si existe lo ajeno es porque existe el otro. Sin el otro no existiría el yo porque el otro siempre transforma al yo para hacerlo otro. No se trata de ponerse lacaniano ni de apelar al estadio del espejo. Es evidente que el otro me vuelve otro, y que el yo no existe como tal, de forma aislada e independiente. Lo ajeno se desea o codicia sin tener que robarlo, siempre y cuando esa codicia o anhelo me hagan crecer, superar mi propio yo sin ser exactamente como el otro. Si se trata de algo material, puedo codiciarlo para obtenerlo después con trabajo y esfuerzo, sin permitir que la envidia (esa rasgo de mentes minusválidas) roya o carcoma mi energía. Apelemos al sentido positivo del deseo o del anhelo sin asociarlo con el codiciar si este último verbo implica exceso de deseo y todo exceso puede nublar, cegar o destruir. Tomemos el codiciar como el gran deseo por lo difícil, como el primer impulso hacia el reto, pero sin caer en la nube de lo imposible. Por dicha razón, mi décimo mandamiento es codicia o anhela lo que sea lícito, y si puedes, intenta alcanzarlo, pero siempre de modo legal, sin dañar al otro o a quien posee lo que codicias.

 

Por Lisardo Suárez

 

Mira dos veces para ver lo justo. No mires más que una vez para ver lo bello.

HENRY F. AMIEL

 

Al terminar, me levanto y busco cigarrillos en la chaqueta. Enciendo dos antes de volver a la cama; le paso uno a Sepp, que permanece tumbado. Me acomodo junto a él, con la cadera cerca de su hombro.

—¿Te ocurre algo?

Desde que llegó, apenas ha hablado. Los hombres en silencio son muy atractivos porque me permiten suponer sus pensamientos a mi antojo. Eso me gusta, igual que la masculinidad casi brutal que hace bello cualquier rasgo tosco. Tarda unos segundos en responder:

 —Me preocupa mi jefe.

Procuro que mi rostro disimule la decepción ante esa falta de confidencias sentimentales. Disfruto el sexo vigoroso, sí, pero también me gusta sentir que se enamoran aunque sea un poco. Doy una calada al cigarrillo mientras se incorpora hasta que la parte inferior de sus hombros, anchos y fuertes, queda apoyada contra las almohadas.

—Lo noto más pálido que de costumbre. También la esposa está preocupada. Cuando fuimos a su casa el otro día, ella dejó el salón para comentarlo conmigo en la cocina: «Está agotado. Por favor, cuídelo mucho».

Me limito a asentir con una expresión que evita cualquier compromiso por mi parte. De la posibilidad de algún brote de cariño pasamos a la realidad del estado anímico del mismísimo Reichführer-SS Himmler. Fantástico.

—Qué abnegada la señora Margarete. Apenas se ven porque el trabajo de su marido es demasiado importante para todos nosotros y siempre está ocupado; ni tiene tiempo para jugar con sus hijos. Somos afortunados de que alguien así cuide del futuro de Alemania.

Por mi parte, pienso en la suerte de que un pecho tan poderoso como el de Sepp frote mi espalda cuando hacemos el amor; pero él está empeñado en sacarme de la sensualidad de mis pensamientos.

—Paga un precio personal muy alto. Incluso su salud se resiente y muchas veces está exhausto. La primera vez que lo vi desfallecer fue en Madrid; sufrió un vahído mientras asistíamos a una corrida de toros. Creo que la lluvia de esa tarde le causó fiebre.

Mientras paso la mano por su bíceps izquierdo, enorme y con una vena tan gruesa como sugerente, recuerdo las miradas tan intensas de los toreros que he visto en fotos. Sepp impide que me sumerja más en esos ojos varoniles de mi imaginación porque sigue hablando.

—El calor le jugó una mala pasada en Minsk. Cuando supervisaba de cerca unas ejecuciones, a pleno sol de agosto, se mareó y casi termina caído en la fosa común. Mientras se recuperaba, aproveché para limpiar los restos que habían salpicado su uniforme.

Sus abdominales, esculpidos en granito, me salvan de reflexionar sobre esa imagen. Cada vez que mi dedo cae entre los relieves para volver a subir, noto una presión agradable en el estómago y más abajo.

—Siempre volcado en su labor. Que si el gas del combustible diésel es más efectivo, que si hay que hacer un consejo de guerra antes de cualquier Aktion contra partisanos, que si un banquete después de los tratamientos especiales. Lo primero es el trabajo; una vez acortó su masaje semanal de espalda para firmar la orden de unas ejecuciones.

Ignoro casi todas las palabras que pronuncia excepto lo del masaje. Me fijo en sus manos grandes, de uñas sin manicura pero limpias, con dedos largos y recios. La presión desciende un poco más mientras apago el cigarrillo.

—Por mucha responsabilidad que tenga, es minucioso con los detalles. Cuando analizaron la mejor manera de ahorrar sufrimientos a los pacientes del psiquiátrico de Novinki, él sopesó todas las opciones antes de autorizar la dinamita.

»O lo de aquel muchacho ante el pelotón. Mira que le preguntó si alguno de sus antepasados no era judío; y el chiquillo, erre que erre. ¡Pues claro que fue imposible ayudarlo!

Al escuchar la palabra pienso en la circuncisión. He visto varias y creo que son elegantes, como las prendas de cuello vuelto de los marineros. Pero la capucha de Sepp me gusta: tiene algo de verdugo; es excitante.

—Hace poco fuimos a casa de su secretaria personal, la señorita Potthast. ¿Puedes creer que, además de firmar toda la documentación pendiente, tuvo tiempo para jugar con sus dos niños?

»Esta misma noche, antes de venir a verte, le pregunté si necesitaba algo más. Miraba las estrellas con una expresión muy concentrada. Seguro que tenía mil asuntos sobre los que reflexionar, pero ¿piensas que me despidió con un gesto? Nada de eso. Sonrió con calidez y dijo: «Puede usted retirarse, gracias».

Yo también siento calidez y también quiero jugar. Tanteo sus muslos, repletos con una musculatura que me impide abarcar siquiera uno de sus lados con ambas manos.

—Pero cada vez se le nota más agotado. Durante una ejecución, ocurrió otro desvanecimiento. El frío de diciembre es muy traicionero. Por suerte estaba sentado, terminó con la cabeza entre las rodillas y sus gafas chocaron contra el suelo; menos mal que no se rompieron.

»Ahora le han encargado comandar unidades militares y, además, dirige el Ejército de Reserva. Está más tenso, las ojeras crecen día a día. ¿Creen que ese hombre es inagotable?

Parece preocupado de verdad. Me apetecen hechos y no palabras, maldita sea, pero él quiere que lo escuche.

—Nos presionan en dos frentes. ¡Ahora es cuando Alemania más lo necesita!

Mientras acerco mi exploración a su entrepierna, bromeo con que Himmler debería tomar vitaminas. Sepp se enfada. Resulta sorprendente lo rápido que es capaz de moverse con su gran envergadura: me tira al suelo de un puñetazo.

—¡Déjate de chistes, Karl! ¡Muestra respeto por él! ¡Muestra respeto por Alemania!

Quedo frente a él, medio de rodillas, medio sentado. A la altura de mi cara dolorida, su pene; muy cerca. Pienso en Alemania. Ignoro qué piensa Sepp pero tiene una erección que, por alguna causa que no entiendo, encaja muy bien con la furia en su rostro. Empuja y gira mi cuerpo hasta aplastarlo bocabajo. Me penetra. Siguen sus gritos. Me hace daño.

—¡Muestra respeto, Karl! ¡Muestra respeto!

Me siento Alemania.

 

Lisardo Suárez (Gijón, 1970) se amparaba antes en la discreción de los seudónimos para escribir, pero ahora firma con su verdadero nombre casi siempre. Sus trabajos de narrativa breve han recibido más de ochenta reconocimientos en diferentes concursos, convocatorias, certámenes y antologías. En el apartado de revistas literarias, ha sido seleccionado para colaborar con Narrativas, Visor, Extrañas noches, El Narratorio, Sinestesia e Ibídem, entre otras.

 

Por Juan Antonio Rosado

COLUMNA TRINCHES Y TRINCHERAS

 

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En el ámbito cultural la pureza nunca ha existido. Esa extraña obsesión de que muchos de los grandes héroes o dioses, desde Horus hasta Jesucristo, pasando por Buda, Lao-Tsé, Mitra y muchos otros, hayan nacido de «vírgenes», no deja de producir una patética y desconcertante risa debido a la importancia que se le ha conferido a ese estado en la mujer, como si dicho estado implicara de verdad «pureza». Ni el agua es «pura», puesto que allí se mezcla el hidrógeno con el oxígeno. Pero el concepto de «impuro» implica la existencia de la «pureza», es decir, de lo que no tiene mancha, de lo que no está «contaminado» o adulterado. Suele considerarse actos «impuros» los producidos por nuestros deseos, pasiones, instintos (justo lo que nos devuelve nuestra humanidad, lo que nos hace volver a la naturaleza). Sin embargo, ¿hay pureza auténtica en el mundo natural y humano?

Los seres humanos tenemos un lado racional y otro irracional. Es imposible establecer una división tajante entre ellos. Si el ser humano ha creado cultura y religiones es para explicarse su entorno y porque la realidad desnuda, en toda su absurda pureza, le parece demasiado incomprensible, trágica, insoportable: un círculo vicioso que se va degradando paulatinamente en su eterna repetición. Si el ser humano ha creado cultura y religiones es también para controlar su entorno, esa pura y desnuda realidad, a fin de vestirla con los ropajes del significado, del símbolo, del proyecto, del interés. El ser humano se convierte así, como afirma Cassirer, en animal simbólico. Los símbolos hacen que todo cobre sentido; así surgen imágenes y fenómenos atmosféricos ya interpretables, y narraciones que nos muestran el camino o nos conducen a la acción. Todo ello se va juntando a partir del miedo y de la carencia. Sólo quien carece de algo posee deseos; sólo quien no tiene o a quien le falta algo puede desear. El noveno mandamiento bíblico establece: «no consentirás pensamientos ni deseos impuros». ¿Hay deseos puros? ¿Hay pensamientos puros? ¿Y la pureza tiene que ver con lo sexual, con lo inocente, con lo virginal? ¿Existe lo inmaculado, lo auténticamente «virgen»? Por supuesto que no. ¿Quién puede estar más allá del bien y del mal habiendo conocido, desde la apropiación del lenguaje, el «bien» y el «mal», siempre relativos en tanto que el primero implica un orden y el segundo un desorden, y ese orden o desorden estarán siempre de acuerdo con los parámetros y lineamientos legales y culturales de una época y un espacio geográfico? ¿Quién puede? Sólo los animales y los niños muy pequeños, que aún carecen de lenguaje articulado, son inocentes de verdad, y ni a ellos podría dárseles el calificativo de «puros», ya que sería interferir en su mundo con una categoría moral, es decir, con un producto de la costumbre (en latín, mos, moris).

 

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            Es un ideal anular el deseo. Sólo anulándolo se anula el yo y se accede a la impersonalidad. Quien suprime el deseo suprime también toda carencia y se despersonaliza. Ya sin máscara (persona), ¿logra la pureza? ¿Existe alguien así, libre de deseo? No lo creo. Acaso tan sólo en la imaginación. La vida es impura porque en todo nacimiento se combina y encadena gran cantidad de elementos. Desear, imaginar, pensar carecen de relevancia si permanecen en la esfera mental. Cuando tal deseo, imaginación o pensamiento cobran vida, se realizan, se vuelven reales, habría que percibir el contexto en que se realizaron, y si tal contexto fue afectado de forma negativa. Por tal motivo, mi noveno mandamiento es desea, imagina y piensa lo que quieras, siempre y cuando no dañes a nadie en la realidad.

 

Por Marvin Salvador Calero Molina

 

Por alguna razón deambulaba en las calles de Juigalpa, la última vez que la miré estaba en sus cabales, atendía en su consultorio a un demente que se creía Cacique de la tribu de los Chontales. Pasé cerca de ella en uno de los largos pasillos del hospital. El anochecer se anunciaba desde las campanas de la catedral de la virgen de la Asunción que daban el último repique para la misa de jueves. No había cambiado mucho, pese a las ojeras y la delgadez de su cuerpo, mantenía un poco de la esencia de la persona que solía ser hace un tiempo. Salvo por la demencia que se había apoderado de ella desde hacía algunos años. Hablaba para sí, distante de sus estudios sobre psiquiatría. Cerca de ella, su último paciente dibujaba en su rostro unas líneas curvas y se alistaba para la caza.  Ella observaba con tristeza la calle vacía que da hacia las cordilleras de Amerrísque como quien espera que de la distancia aparezca alguien que traiga consigo los cabales que perdió hace algunos años.

 

(Cuento oroginalmente publicado en el libro Cien maneras de cortar el horizonte, Editorial Publicaciones Entre Líneas, Miami, EE.UU. 2019)

 

 

Marvin Salvador Calero Molina. (Juigalpa, Chontales, Nicaragua 1983). Presidente de la Academia Norteamericana de Literatura moderna Internacional Capitulo Nicaragua. Miembro del Clan Intelectual de Chontales y del colectivo de Turrialba literaria (Costa Rica) dirigido por la editora Marisa Daniela Russo.  Su poesía y cuentos han sido publicados en Antologías, Revista, periódicos y medios electrónicos en Rumania, España, Holanda, Costa Rica, Perú, Bolivia y Estados Unidos.  Como la prestigiosa Revista O trecere prin cuvinte y las Antologías “Voces del vino” y “Voces del Café” de María Palitachi, Antología Iberoamericana de microcuento de Homero Carvhalo Oliva.

Ha publicado los libros:

Yo no conozco tu historia (Sin editorial, 2000) Elegía a Rubén Darío y Canto a la muerte (Sociedad nicaragüense de jóvenes escritores, 2016) Cuentos de Minería (Nido de cuervos, 2017). Cien maneras de cortar el horizonte (Editorial Entrelineas, Miami EEUU 2019)

 

Por Juan Antonio Rosado

COLUMNA TRINCHES Y TRINCHERAS

 

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Desde la antigüedad ocurre un fenómeno interesante en el mundo entero: se ha despreciado a los actores por considerarlos mentirosos. En la Edad Media de la cristiandad incluso se prohibió el teatro al calificarlo como «templo del diablo». Antes, Platón expulsó a los poetas de su república por mentirosos. Mucho después, Sor Juana le llamó «engaño colorido» al arte. Los planteamientos anteriores son justos: se justifican, pero ellos tampoco escapan de la mentira y allí empieza la paradoja. Platón expulsa a los poetas, pero como buen poeta inventa el mundo de las ideas, y usa alegorías y metáforas como la de la caverna. Alfonso Reyes llama a Platón «el poeta contra la poesía». La Edad Media cristiana prohíbe el teatro por mentiroso, pero utiliza autos sacramentales y representaciones para instruir al populacho en materia religiosa y evangelizarlo. Pero: ¿no son las religiones y los dogmas inventos de los poetas? ¿No están todas ellas sustentadas en libros con versos, versículos o narraciones míticas o legendarias, llenas de imágenes, parábolas y otros recursos y géneros literarios?

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            Más sensata me parece la filosofía Anekantebada, del jainismo, que sostiene que la verdad no existe y que hay muchas verdades y no una. Ellos usan la parábola de los seis ciegos que rodean al elefante: un ciego toca la pata y afirma que el paquidermo es una columna; otro toca la cola y sostiene que es una cuerda; uno más palpa la trompa y asegura que es como una rama; el que toca la oreja dice que es parecido a un abanico; quien toca la panza la confunde con una pared; por último, el que toca el colmillo asevera que es como un tubo. Cada uno sólo verifica una parcialidad, un fragmento de lo real y se lo representa. Los humanos somos como los ciegos que rodean al elefante, y cuando uno de ellos inventa una religión y la llena de falsos testimonios, engaños coloridos y lenguaje figurado, y la hace pasar como la religión verdadera, surge la intolerancia y se justifican castigos y premios por no creer o por creer.

El arte miente y en esa mentira está su verdad, pues en el terreno de la imaginación todo es posible. El arte consiste en volver a presentar, en utilizar lo que la realidad, los sueños o la imaginación nos otorga, ya que lo inexistente no es sino lo que no puedo ni imaginar ni soñar ni percibir con los sentidos: lo que no es posible representarme ni gráfica ni conceptualmente. Mediante la reunión y combinación de elementos reales u oníricos, el artista crea algo distinto: desvía esos elementos de su función cotidiana o de su utilidad primaria para transformarlos en otra cosa. Esa otra cosa es el engaño colorido, pero toda la cultura lo es, y el ser humano creó la cultura porque no soportó la realidad tal como se le presentó al surgir la conciencia y el raciocinio, hace decenas de miles de años.

Supongamos que las tiranías políticas o religiones dogmáticas acepten lo anterior y consideren el arte como engaño inocuo, acaso ornamental, aun cuando represente verdades históricas o políticas. Esas tiranías y religiones seguirían condenando la mentira. El octavo mandamiento bíblico (otro negativo), afirma: no dirás falso testimonio ni mentiras, pero como ocurre con el resto de estas normas simplistas, no obedece a contextos. La Iglesia Católica lo sabe y por ello ha hablado de la mentira piadosa y de la santa ignorancia (la ignorancia es una de las formas de vivir en la mentira u omisión). Sin embargo, en la realidad real muchos han salvado sus vidas gracias a que han mentido. La vida no es mecánica ni en blanco y negro. El ejemplo que siempre pongo es el de Galileo: ¿morir o no morir? Galileo salvó su vida gracias a una mentira, y gracias a ella pudo continuar pensando, reflexionando. De otro modo, la Santísima Inquisición lo habría quemado vivo, como lo hizo con otros intelectuales. Por ello, considerando el contexto, siempre variable, mi octavo mandamiento es no mentirás ni engañarás, salvo cuando tu integridad física o moral (o la de otros) corra peligro, y sólo puedas evitarlo mintiendo.

Desde la hamaca 

(Columna)

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Por Mercedes Alvarado

 

Para Clara, luminosa siempre, que ya no cumple años.

 

Eliseo Alberto tenía 42 años de edad y cinco viviendo el exilio en México cuando publicó la novela La eternidad por fin comienza un lunes, título que toma de un verso de su padre y a partir del cual construye un universo de personajes inauditos tanto en su condición física como en sus saberes y formas de leer el mundo.

Asdrúbal el mago está borracho, esperando junto al lago con un poeta fugitivo mientras su mujer da a luz a un niño. Escucha el llanto de su hijo y vuelve; trastabilla, se golpea con los muebles y avanza -la borrachera se le ha bajado en un momento- para llorar en su alegría ‘por los pobres locos que nadie escucha, por los pobres tontos que nadie entiende, por los pobres mendigos que nadie asiste, por los pobres vagabundos que nadie acoge…’ Llora y sigue, ‘por los hombres y mujeres que vagan por las ciudades sin un número de teléfono al que llamar, una puerta a la que tocar, sin una esperanza a la que apelar; por los recién casados que la noche de bodas se quieren tanto que no pueden hacer el amor, por los que cada lunes compran billetes de lotería y cada domingo descubren que el número ganador ha sido otro […] por los que jamás han dudado al dar un paso, por los que jamás han padecido el tormento de los celos, por los que jamás han dicho lo que piensan, por los que jamás se han atrevido a llorar en público […] y, aunque mucho lloró las lágrimas le alcanzaron para llorar también por él.

El fragmento, magnífico, concluye en la pregunta que le hace el poeta: ‘¿Qué le pasa, maestro?’, y la respuesta tajante del mago: ‘Que he dejado de ser hijo’.

Cómo no detenerse ante la colección de sinsentidos que llevan a Asdrúbal a ese llanto que, aun cuando termina, resuena y es río largo, larguísimo.

Y me ha dado por pensar en cuánto habrán llorado las madres y las abuelas frente a los cuerpos de los que llegan. Y en cuánto hemos llorado nosotros, hijos y nietos, cuando hemos asistido a la despedida de quienes nos recibieron. Es esta otra manera de dejar de ser hijas, hijos.

Hay quienes heredan propiedades, bibliotecas, joyas o trajes; otros nos dejan historias, complicidades, versos que nombran novelas, o formas de caminar en el mundo.

Larga vida a estos últimos porque sin ellos, sin ellas, la vida y la muerte carecerían de sustancia y ritmo.

 

 

 

Por César González “Chico”

Primer Sorbo

... hoy en la puerta de un museo me dirigí a una mujer policía como "oficial"... ¡ay de mí!...

… — oficiala, aunque le cueste más trabajo señor —me corrigió de inmediato... como tengo experiencia con la especie -un día una señora cargada de bolsas, paquetes y tres niños me dijo: — yo puedo sola imbécil, cuando osé abrirle la puerta del banco- y además no tenía ganas de discutir el difícil tema de las oficialas, los oficialos y lus oficialus, estaba yo a punto de reformular mi frase tal como me lo solicitaba, cuando ocurrió lo que realmente temía... mi acompañante, purista del lenguaje, pese a mis insistentes apretones de mano conminándola a guardar silencio y a no hacer más grande el asunto, dijo con la voz que utiliza cuando quiere sacar sangre...

Por César González “Chico”

 

...ella es mi país limítrofe y yo, que soy algo así como su vecino tercermundista, me la paso intentando cruzar al paraíso... no cumplo con los requisitos, pero es tan lindo allá que dan ganas de pedir la residencia y quedarse a vivir por siempre de aquel lado... aunque después de un tiempo siempre regreso a mí, me marcho con la idea de que la próxima vez que vuelva será para quedarme...

 

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