Desde la hamaca 

 

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Por Mercedes Alvarado

 

Habría que aprender a tener un ancla en el mundo. Un rincón al que volver cuando una se ha cansado del camino, una hamaca -siempre en el mismo sitio- desde la que leer cualquier domingo. Habría que aprehender un hogar.

 

Pero no siempre el hogar es una construcción de ladrillos localizable en ubicación geográfica. A veces el hogar son los brazos de la abuela, la risa de los sobrinos o el rumor de las olas por la tarde de algún pueblo en el Pacífico. A veces el hogar es una combinación de todas estas cosas y una va cargando las sandalias para poder visitar las distintas habitaciones de este hogar emocional.

 

A veces, también, una quisiera llamar al teléfono móvil de la eternidad y que le atendieran, y decirle a quien sea que esté ahí, que se siente bienaventurada, que una ha visto ‘toda la noche ahí y es piedra de la luz, piedra de la edad’ y que la edad no es más que un motivo para viajar a los hogares que somos, para celebrar, para mirar, para seguir haciéndonos el hogar de una misma.




 

INSTRUCTIVO PARA LLAMAR AL TELÉFONO MÓVIL DE LA ETERNIDAD

 

Pulse asterisco. Espere a oír el evangelio de estas rosas en la nada. Marque el cero seguido de eclipse con oxígeno. Aguarde a oír su confidencia en la catedral de las ballenas. Marque luego el siete. Diga la palabra grillo y oiga al grillo. La voz del espectáculo le preguntará qué quiere. Deletree lápida para comunicarse con Bernini. Medite despacio en lo despacio, hay desierto. Apriete la almohadilla para que se tumbe agosto como león de circo. Tenemos todas las líneas ocupadas. Pero responda crepúsculo si busca a una psicoanalista para lágrimas. Nada, no diga nada si solicita eternidad esbelta metro setenta caja de pino. Manténgase atento al aparato. Ya no hay rosas en la academia de las rosas. Hay un reloj floreciendo en cada tiesto, nubes en las uñas, hay fracaso. Gracias por su llamada, no cuelgue. Ponga su sombrero sobre la cama, le atenderemos en ningún momento.

 

 

SALMO DE LOS BIENAVENTURADOS

Ávida vena, dame tu cordel

Antonio Gamoneda

 

Bienaventurado el que a los cuarenta años aún no ha conocido la recompensa y llama virtud al cordón de un zapato,

el hombre sin convicción que tumbado en la hierba se pasa el día durmiendo y discute sobre el esfuerzo con los saltamontes.

Bienaventurado el que soporta el préstamo de la verdad, el excavado en piedra y el que construido en paja es alternativamente señor de la nada y rey de un solo vasallo.

Bienaventurado tú que sin llamarte Juan no eres otro que Juan el explícito, el padre del aire cuyos hijos heredarán los molinillos del viento.

Bienaventurado el que ha pasado la noche con la insignificancia, porque embellecido por la privación será de él alguna vez la ausencia,

el que es vecino de dos bocas, el de la voz menuda al que le falta un diente, el hombre sin pretexto que tuvo un asno, una boina, un chivo.

Bienaventurado el que ante el argumento de la pólvora tuerce su hocico de linterna y habla alto, el que paga su aullido con la vida, el que en un instante es articulación de lobo y árbol de rodillas.

Bienaventurado el pájaro cuyo canto despierta el corazón de una madre en las ramas de la tristeza.

Bienaventurado el manco y su violín de oxígeno, la abeja del azúcar que liba la corteza de los licores blancos.

Bienaventurado el viajero que vaga en lo concéntrico y traduce el límite, la fertilidad del sacrificio, la teología de las medallas de la luna.

Bienaventurado el que emigra al borde de su amor, porque de él será la extraña fruta del animal del sábado.

Bienaventurado el esqueleto de Rimbaud y su pájaro influyente, único héroe en el festín del cráneo.

Bienaventurado el que ante la alusión de los espejos se vuelve pensativo y amablemente azul sus lágrimas ignora.

Bienaventurado lo inmortal del muerto, la excusa del sombrero y su balido, el repentinamente desahuciado en el paladar de tablas de la muerte.

Bienaventurada la golondrina de madera que le late al niño antes de conocer el sexo.

Bienaventurado el aire de la soledad del péndulo, el manso bajo el sol y la virtud del ciego, la esponja que da de cantar su lluvia a la garganta.

Bienaventurado el que apoyado en su bastón está toda la noche ahí y es piedra de la luz, piedra de la edad, los dos ojos del pájaro en el collar del cero.

Bienaventurado el astro que ignora su caballo y ha cerrado el párpado, la agria lepra que arde en las arterias, la sal del paraíso.

Bienaventurado el que condensa lutos negros, porque de él será la última soga del relámpago, el primer peldaño en la escalera del remordimiento.

 

 


Juan Carlos Mestre (Villafranca del Bierzo, León, 1957). Poeta y artista visual, autor de libros de poesía y ensayo. Su obra poética entre 1982 y 2007 se publicó en la antología Las estrellas para quien la trabaja. Reconocido con el Premio Nacional de Poesía 2009 de España por el poemario La Casa Roja.