Justino Rivera, uno de los tantos hombres que habían transitado esa avenida voluptuosa y seductora antes de irse al bordo para cruzar del otro lado,  recordó los rituales que se realizaban después de contratar al pollero: bailar con las ficheras y beber hasta embriagarse; deslizar los últimos billetes mexicanos en las bragas de las teiboleras; armar camorra en alguna cantina para soltar el sudor y purificarse. Pero eso había quedado atrás... Ahora, nada más por no perder la costumbre y revivir esos años de gloria, realizaba el ritual todas las noches después de ganarse unos billetes en el mercado o de pedir “cooperación” a los turistas que pacientemente hacían cola en el cruce fronterizo, según esto para regresar a su pueblo o a los Estados Unidos.

 

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...cuando era niño me perdí en el supermercado... en realidad no me perdí yo, que estaba justo donde me habían dejado; se perdió mi mamá... yo estaba contemplando un refrigerador inmenso, repleto de jamones, salames y salchichas de esas que parecen pulgares de niño chiquito... ella, mi madre, se había puesto a conversar con una vecina copetona que hacía sus compras a esas mismas horas y que conducía su carrito en sentido contrario... 

 

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...me gustaba el paseíllo de las cuadrillas, los trajes, los caballos, la música -ah la música-... me gustaba que me dieran una probada de la bota de vino y por supuesto las señoras guapas a cuyo paso, mi abuelo y yo, siempre nos quitábamos el sombrero … me gustaba ver salir al toro hecho una tromba de los toriles…

 

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A veces, también, una quisiera llamar al teléfono móvil de la eternidad y que le atendieran, y decirle a quien sea que esté ahí, que se siente bienaventurada, que una ha visto ‘toda la noche ahí y es piedra de la luz, piedra de la edad’ y que la edad no es más que un motivo para viajar a los hogares que somos, para celebrar, para mirar, para seguir haciéndonos el hogar de una misma.

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Debo admitirlo, Úrsula fue mi universidad desconocida, mi primer beso y mi primera cacha. Cuando cumplí dieciocho y mi viejo me regaló dinero para un viaje a donde quisiera pensé en buscarla, usar el tiempo y el dinero para saber qué había sido de su vida y quizá rescatarla de lo que fuese que estuviese viviendo. Eran los resabios de esa estúpida sensibilidad y amor que pensaba tenía hacia su cuerpo. Terminé yendo a Brasil en busca de otras como ella para olvidarla.

 

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...detesto pocas cosas, casi nada... odio la mayonesa, la salsa cátsup, el tráfico y a un par de personas a quienes no me causa la menor culpa odiar, porque el sentimiento es absolutamente recíproco... pero sobre todo odio la prisa... odio mi prisa si la tengo y la prisa ajena que quieren hacer mía... detesto las agendas, los relojes, los horarios, el tiempo justo, el calendario; símbolos todos de la prisa... 

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Josefina Estrada

Ahora, déjeme contarle el cuento de cómo me fui haciendo de un ejército de hijos en el Cartucho. Resulta que hace diez años había peladitos tirados en la orilla del andén, durmiendo, desarropados, con los calzones rotos. Tenían la misma edad de mi hija, que hoy en día ya es una señora de veinte años. Eran peladitos de diez-doce años, nacidos en el Cartucho, hijos de ladrones, de madres prostitutas, de sopletes. Los chinos salían a San Victorino y robaban cositas, y me las vendían o empeñaban. Se me reunían alrededor del bareque a contarme sus proezas. Yo les decía:

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