Mónica Lavin*

 

Cuando una mujer se va, no hay que dejarla volver a casa. Pero como iba yo a ignorarla, si toda la noche se estuvo fuera. Tocó y pregunté quién. Vete, le dije. No habló más. Escuché la lana del abrigo frotar la madera mientras escurría para caer sentada en el escalón. La imaginé abrazada al bolso con el que partió. Ese bolsón de fin de semana, el que usábamos cuando —muy de vez en cuando— se nos ocurría dejar la ciudad. Eché los huevos en el sartén y el chiriar del aceite veló el sonido del klinex con el que seguramente se sonaría las narices.

Juan José Arreola*

 

El cilindro es al toro lo que la banda de Möbius a la botella de Klein”. Y Francisco Medina Nicolau sacó de una gaveta la célebre cinta de papel, ahora con las puntas pegadas de un modo particular, como en el cuello de camisa. Sus manos de prestidigitador la hicieron girar y en el aire quedó la forma pura:

—Cuando la banda de Möbius se esconde en ella misma, surge la botella de Klein… ¿La ves?

Quede perplejo y salí por tangente literaria:

Joserra*

 

Mi hermano se rompió la espalda. Es probable que nunca vuelva a caminar. ¿Te das cuenta?

Sí, me doy cuenta. No importa. Tu hermano era un pobre güey. Le gustaba pisar los gusanos.

(Y es de noche, y estamos borrachos con sus lágrimas y nos moriríamos de asco si nos besáramos un poco)

No bromees conmigo, de verdad es serio. Y de verdad tu hermano me vale pito.

Berta Hiriart

 

El doctor Schwartz era un hombre particularmente chaparro, con lentes de fondo de botella que aumentaban, la agudeza de unos ojillos de ratón inteligente. Primero nos hizo pasar por separado y luego juntos, haciéndonos toda clase de preguntas, como si se tratara de una pesquisa policiaca. Después nos ausculto con minuciosidad, y por fin nos sentó frente a él dispuesto a darnos su diagnóstico.

—Bueno, jóvenes, he aquí un caso en verdad interesante.

Hablaba con una lentitud enloquecedora, dándose tiempo para repetir en cantaleta cada última frase.

Guillermo Fadanelli

 

El asalto está a punto de consumarse. Todos saben que ocurrirá de un momento a otro y saben también que la víctima está cerca. Tan cerca que pueden sentir su piel caliente y su respiración temblorosa, oler su perfume adulterado y ese aroma a muerto que quizás produce la adrenalina. Un empleado se acomoda la corbata frente al aparador de Sanborn´s, su nudo mal hecho, las marchas cetrinas de su camisa, su barba mal afeitada se disimulan en el paisaje que reproduce el cristal opaco.

Sabina Berman*

 

La casa se encuentra limpia, pero huele a humedad y las maderas de los marcos de las ventanas y de las puertas están hinchadas y con ciertas junturas quebradas: Hay que patear la puerta de la biblioteca para que ceda. Lo hace la señorita Berman, mientras doña Ana destapa su Chanel No. 5 y bebe los restos del coñac.

—Aquí podría escribir —dice doña Ana pasando la mano por el escritorio—. Qué curioso —dice luego y está mirando hacia la ventana.

—¿Curioso qué?

Agustín Cadena*

 

Para Guadalupe

Makasimhaí, la flor corazón de la Santa Tierra, era niña cuando sucedió todo lo que ahora recordaba en huracanados sueños. Ahora era invierno y ella dormía mucho. Despertaba al amanecer, pero alrededor del mediodía –En Butithí el sol tenía un ciclo de vida de sólo dos o tres horas— volvía a su cueva, a su cama hecha con pieles de carneros y perros salvajes, y empezaba su diaria batalla contra los erizados demonios del pasado. A veces despertaba a mitad del sueño y buscaba el calor de la axila de su hombre, Shan Jua era un mago gigante del Valle;

Rafael Ramírez Heredia

 

Es que así de sopetón no se entienden las cosas, deveras, no le encuentro la razón. Mira, apenas el sábado pasado la estuvimos oyendo ahí con el Güero, que te lo diga el Blacamán sino es cierto.

La pusimos muchas veces hasta que el Güero dijo que iba a cerrar, ya ves como se pone de ojaldrita cuando tiene sueño y sale con que tiene que llevar a la familia al cine.

Abilio Estévez*

 

Y por cada palabra algo se añadió a la realidad. El mundo se conformó y ordenó como yo quería o deseaba. El Herido y yo paseamos por aquel invento con alegría que no tuvimos modo de contener. Sé, o creo saber, que llegamos un lago. Debimos de habernos sentado en sus orillas (los lagos están para que nos sentemos en sus orillas). Con gesto cargado de intención, él ordenó Inclínate, mírate en las aguas azules que, cómo están acabadas de crear y como todavía somos los únicos humanos, aún no están contaminadas.

Armando González Torres

 

Miércoles

Por la tarde, tras exhaustivas caminatas sin rumbo, llegué al bar, con la mínima catarsis del cansancio encima; con el cuerpo tenso que, después de tanto esfuerzo, reclamaba mujer. Vi el gato que saltaba de una mesa a otra para devorar piltrafas: se es un privilegiado viviendo entre tantas mujeres, pequeño garañón de sexo eléctrico. Puse monedas en la sinfonola y pedí canciones de moda que, al parecer, no eran del gusto de los parroquianos, pero llamaron la atención de las muchachas.

Numero actual

PORTADA BM 141142 .jpg