Nostalgia de pájaros

 

Yo no sé si  ahora

crecen las flores donde hojas secas

miro caer durante el día

 

Mora el trino donde mora la ausencia

 

¿Es en parte obra nuestra

el periódico ciclo mortuorio del tiempo

en que se miran las ramas desnudas

 y no somos testigos de la brizna nocturna?

 

¿Acaso por las noches, mora ella

detrás de nuestros párpados?

 

Reposa el tiempo  en su propio silencio:

 

¿Nostalgia de pájaros

invade al mundo?

 

 

Ensoñación

 

Tuve un sueño

en el que era un pájaro:

hojas secas

                         eran mis alas

y mi pico

la rama desnuda

                             del almendro.

 

Semilla

Crece una semilla

debajo de tus labios:

 

puedo ver las raíces

 y el árbol que aún no germina.

 

Puedo ver la semilla

 y verte a ti pensar

 en las ramas

 en las hojas secas

 y en esa eterna promesa de árbol

 que no existe.

 

Hoy, toda esperanza

 se vuelve angustia

 porque no estoy del todo en la tierra

 Sino sólo mirando

 -desde lejos-

la noche que esclarece

 registrando cada segundo

                         que agoniza.

 

Cristian Peña Poot. Quintana Roo, México. Ha asistido a los talleres literarios del poeta Ramón Iván Suárez Caamal. Dirige una publicación semestral literaria llamada Cartapacio Literachere, en su ciudad. Coordinador de la Semana Literaria en el Instituto Tecnológico Superior de Felipe Carrillo Puerto, donde es estudiante de ingeniería en Administración.

Por Dylan Novalis

 

1.-

Amor mío, ya no sé qué más decir mientras me toco las manos y lentamente dibujo laberintos sobre ellas.

Amor mío, los vagabundos y los perros comparten la lluvia y les miro por un balcón con cierta envidia (también de la lluvia).

Amor mío, en el país de los ciegos todos nos tocamos las manos e imaginamos un salón con candelabros brillantes y obreros afuera, en huelga o en marcha (que no es lo mismo), empapándose las botas como mis manos, a veces, cuando las saco por la ventana y pienso en las tuyas con sus 10 dedos largos, lejanos, de un color que habita en la playa de la luna.

De Memoria de la luz:

 

I

Cielo desgarrado de luz,

lágrimas azules,

las manos del aire,

tenues,

te han dibujado

en los dolores antiguos ya abandonados por el tiempo,

en el tejido donde han crecido ausencias,

olas por donde cabalgan sueños,

tierras extendidas para que la nave,

vencida de horizontes,       

ice de nuevo las velas zurcidas

por donde la voz,

por donde el viento,

por donde la luz recuperen

el trazo que un gesto te ha cincelado

en los ojos.

 

 

Por Manuel Becerra

 

 

Poema de las reses

Carne lavada y tendida en los mataderos

que aún se recuerda pastando

en los labrantíos verdes

y aún se la oye rumiar como el rencoroso.

 

Y así continúa la vida

 

mientras el carnicero, hombre de los garfios,

cuelga la piel pendular de los metales, en negra pasarela,  

y de la vida que escurre

aún a temperatura del cuerpo

podría la ternera venir a mamar de la madre.

 

Por Manuel Becerra

 

 

Otra canción de la ballena

La ballena es una isla efímera.

Alberga sobre el lomo, como un buey de mar, un cayo de pájaros.

 

Dentro de ella un manglar se refocila y se empobrece en cuestión de segundos cuando salta, da una contorsión y golpea de regreso la piel del mar.

 

Su corazón es una piedra calcárea que cada tanto vuelve a su punto de ebullición.

 

Tiene un espiráculo sobre su cabeza igual que un pozo en la colina:

Si el brocal se descoloca, cabe la posibilidad de la luz;

 

a partir de entonces la luna descubre en el interior a un hombre barbado

con un gorro de papel periódico asando un bagre en torno a una fogata.

 

El hombre levanta un leño encendido, contra la noche de la ballena, y alumbra sus paladares en cuyos muros está escrita la historia de las estrellas.

 

Su balada oscura de Silicio es tan antigua como la rotación de la tierra.  

Existe otra forma de cantar, pero existe bajo el agua.

 

En otra vida la ballena fue una nube de tordos, un hombre que murió bajo la espada.

 

 

 

Por Daniel Olivares Viniegra

 

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Me sabes a aves

 

Dulzor dulce olor y nunca (amar)gura de amar:

"Salado dalas"

y alado de alas..

Al tacto siento cientos y cuán extasía tu mir(h)ada...

Presencia de sensual esencia o ansia de fraguar fragancias...

Vagancia:

vaga ansia de andar; esporádicamente juntos…

pero siempre.

Albo alhelí, aromático ámbar, narcótico beleño, armónica camelia

dulcísima canela,

sacro damasquino…

Sonora canora;

a gustosidad manifiesta, relevo de pruebas:

frío río; aliente caliente...

***

Por Manuel Becerra

 

 

El cuerpo de mi hija se compone

de agua y de fiebre. De madrugada 

la sonrisa cumple su oscuro oficio.

A la hora del frío y del mercurio

retrocede la mano de la madre

como el mar de la bahía.

Entonces hay que poner paños húmedos.

Sobre sus flecos negros la coronan

la fiebre y el deshielo,

las coyunturas cálidas, la llaga

en el rencor por la vida.

Junto a mí, enfermo y pequeño

su cuerpo le hace de ángel y vuelve del delirio

con llagas en las manos. 

Pienso en esos momentos de poesía y de alquimia

y mi hija me señala a lo lejos un cerro

colmado de pequeñas aldeas y me dice:

mira, un cementerio barcos. 

Por Manuel Becerra

 

 

Crónica de la gente que ama los gatos

Pocas cosas sabemos sobre los gatos. Sabemos que su cabeza es del tamaño de una rosa natural y que es similar en peso y volumen al puño cerrado de un niño. Pero también sabemos que el rostro del gato nunca está en un solo sitio.

Mientras permanece adormecido en las manos de Grecia, mi hija, también está en el árbol de una vida pasada, bebe leche de almendras en una casa en Estambul, cruza a los vagabundos a la otra orilla del Leteo, devuelve con una arcada una bola de cabellos o está donde alguien cincela su rostro para la tumba de un rey.

 

Por Mirna Valdés

 

La que no tiene nombre la invisible

 

Rodeo de palabras para expresar

algo que podría haberse dicho

de forma más breve.

 

 

Hipótesis

(premisa que tomo como base de mi razonamiento poético)

 

El obrero de la luz en su afanosa tarea, pinta con su brocha de oro la cúpula de la catedral. Dorados lingotes resaltan entre el caserío, en la cresta de la loma.

A cubetadas de ardientes ocres, el día se baña.

El sol persigue mis pasos, pero ya no estoy aquí, me he marchado.

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