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Alma Karla Sandoval

 

El país extraño

 

Ven, están matando gente afuera.
Haremos de la sangre un recuerdo lejano.
Soy tu mujer imaginaria.
La golondrina de mi nuca es lo que resta 
de las distancias antes de los frutos negados.
Te puedo hablar de lo que nunca sucede
con mi chistera en medio del terror y la pólvora.

Están matando gente afuera.

Deberías besarme y yo parar los juegos del granizo.
¿Quién va a salvarse de esta ceremonia oscura?,
¿con qué ojos sino los tuyos que alimentan
la conversación en Comala?
Sueño que vienes como el poeta que nada quería
más allá del adiós buscando
un país extraño y un río sucio.
Sueño que vienes, pero siguen matando gente afuera
y nos quedamos haciendo la vida al otro lado del ventanal.
Lo básico, eso te doy, flores ardiendo en la tormenta.
Mi mano si nos movemos entre cadáveres de niños.
Mi boca en tu mente que nos busca
igual que el náufrago a una bengala


Plazo fijo

Acá está tu soledad, te la devuelvo.
Perdona que la haya torturado
antes de descuartizarla.
Fue presa fácil.
No hubo que esperar entre los lotos,
no hizo falta adormecerla.
Te la entrego por partes,
salada con el sudor
de las mujeres que te amaron.
Te la doy cruda.
No disfruté cazarla.

 

Náutica de Coatetelco

Porque el agua cobró un favor dorado
nos llevaste a navegar sobre el castigo
de la diosa de corazones en el cuello.
Se movía esa balsa como el perdón,
a veces brusca, a veces lenta.
Avanzaba sin llegar al resto de la luz sin frío.
Te daba miedo ese dolor de anguila,
esos peces grises debajo de nosotros,
triste ramo de nísperos sin rumbo,
unos cuantos ojos brillando
para la ofrenda de noviembre
después del sacrificio,
de lo que trae oscuridad y las serpientes
si el odio es una laguna,
maldición de algas saladas,
haz del ocaso también muerto
por órdenes de la Coatlicue.
Tú nos decías que con ese dolor crece la leyenda
y en los ojos de mi hermana la disputa
por el cañaveral se abría en su mente,
en sus manos con anillos rojos,
también en el corazón colgando como dije
que escondí en mi pecho.
Ahí, sobre las aguas
que perdían el oro y se volvían argentas,
aprendimos el poder de las faldas de serpientes.
Cuando desembarcamos,
éramos un par de espejos con melenas,
una historia de agua dulce
que te quitó la sed de un día.

 

Por si acaso

Y si vinieran por nosotras,
iríamos, como la Woolf,
con nuestros libros en la mente,
con nuestro canto por delante.

Y si vinieran por nosotras,
iríamos sabiendo que soñamos lo imposible,
que no dejamos de sangrar porque quisimos,
que no abandonamos en la calle a ningún justo.

Y si vinieran por nosotras,
iríamos con las manos en la nuca,
con el orgullo en alto,
meciéndonos como banderas
con los senos libres de culpa.

Y si vinieran por nosotras,
iríamos porque marchamos,
porque fuimos la tierra,
el caldero,
el agua del rebelde
y el consuelo en la agonía.

Y si vinieran por nosotras,
con sus armas largas,
sus uniformes del crimen,
sus puños de patriarcas psicópatas,
iríamos porque entonces,
si vinieran por nosotras,
es porque habríamos vencido.

 

Palimpsesto de los llanos


El silencio cae en otro rincón que ya no existe
con olor de llovizna tierna como elote.
Un viejo de piedra nos contó esa historia,
lo seguían peces nadando en el aire,
iban moviendo sus aletas detrás de las Susanas locas.
Como hombre era hijo del Padre,
de los vástagos que hicieron de la luna un círculo.
En olas de incesto se ahogaban las pavesas
de lo que ardió sin lumbre allá en Luvina,
de lo que miró crecer milpas y el olvido
donde los espectros bailan y matan las tormentas.
Díganle al zacate que se eleve más allá
de lo extraviado: pólvora azul,
yeguas cansadas, tierra dura.
Conjuren el fracaso que crece,
hierba santa, en lo que no decimos:
Voy en un taxi y te voy hablar del viento.
Es camaleón, luego acaricia
cuando hay algo tuyo en la galerna,
un soplo que desviste
lo que miro,
las cosas ciertas o irreales:
abulia y dolor de los peatones,
semáforos eternos cuando llueve.
También dos ángeles.
Será que a penas
nos sembraron el otoño
o porque tengo frío te converso.
Tal vez el viento es madriguera
de palabras con hocico,
silencio con pelambre rojo.
El taxista también
es un mamífero.
Sube el vidrio.
Me pregunta:
“¿Le molesta el aire,
señorita?”

 

Por la Panamericana

Alguien erosiona el monte que tomamos
para contemplar palomas
y rostros amarrados con pañuelos.
Viajábamos sin pasaporte,
más allá de la máquina Singer
que nuestras madres pedalearon
sin llevarlas a una esquina de la época.
Queríamos cantarnos todos juntos
entre girasoles que cultivaron lo más viejos.
Con todo, no éramos originales,
por más niebla que bebimos,
por más cerezas que arrojamos en la nieve,
por más palabras hirsutas,
nos parecíamos a los ayer.
Cargamos con igual ardor esa bengala inútil
que nadie vio y tú lo sabes.

 

Álbum no dicho

Digamos que en el sueño
ya no había más guerra.
Volvíamos juntos a la infancia.
Allá, con los guayabos.
Allí, con los huizaches.
Nadie herido.
El viento soltaba las ciruelas.
Las mirabas caer igual que música.
Me dabas cinco que no quería gastar.
Las guardaba para el futuro.
Yo sabía que los cuentos
de la abuela, que los jinetes
y los ángeles enloquecidos
llegarían cuando estuviéramos muy lejos.
Cuando soñara con jardines,
cuando el desierto diera pánico
y más melancolía. 
Las ciruelas se pudrieron.
Se mancharon los vestidos.
Cada quien se fue a buscar palabras
en países blancos, ajenos.
Pero alguien se quedó escuchando
las trompetas de este apocalipsis.

 


Palimpsesto por la calle


Señorita K., hoy pudo ser feliz,
caminaba debajo de un cielo bellísimo.
Hubiera pensado en oropéndolas,
en cómo es simple y bella la flor de jacaranda.
Pero hoy, a las seis con cuarenta y nueve minutos de la tarde,
hizo una ponzoñosa elección:
fue abandonando los deberes,
cerrando los ojos ante los puños lilas de aquellas nubes.
Caminó, caminó junto a la sombra vaga y corta que es.
Caminó y dijo que era buena idea que la historia terminara aquí,
junto a las elecciones erradas, los tragos amargos, el filo de cada mes,
las letanías, el polisíndeton oxidado
porque sabe cuánto cortan las fronteras
y que nada sirve caminar bajo un cielo bellísimo.

 

 

Alma Karla Sandoval. Profesora, poeta y periodista. Obtuvo las becas del FOECA y del FONCA en 1999 y 2001. En 2010 fue galardonada con la Beca de Creadores e Intérpretes con trayectoria del PECDA para escribir un libro de cuentos. Ganadora del Premio Nacional de Periodismo en 2011, y los Juegos Florales de Cuernavaca, Morelos, en 2012. Es dos veces primer lugar del Concurso Nacional de Creación Literaria del ITESM en 2011 y 2012. En 2013 obtuvo el Premio Nacional de Poesía Ignacio Manuel Altamirano. Es Premio Mujer Tec 2015 en la categoría de Arte. Ganadora del Premio Nacional de Narrativa Dolores Castro 2015 y de los primeros Juegos Florales de Tepic, Nayarit, 2015, en Poesía. Fue reconocida con el Premio Profesor Inspirador 2016 que otorga el Instituto de Estudios Tecnológicos de Monterrey