Reseña de 'Espasmo', de Vádik Barrón

Espasmo, de Vádik Barrón

(Editorial 3600, 2019)

Por Camen Avendaño

Letras movidas sobre una pared pastel forman el nombre Vádik. Un nombre como de astronauta, de la época en que la URSS se gastaba la plata para sustento del Estado en apuestas de carreras hacia la luna. Vádik Barrón tiene antecedentes en este sentido: en 2002 publicó el libro Cuaderno Rojo, y en 2007 lanzó el disco Astronauta. Su biblio-discografía abarca otros seis poemarios -entre ellos Rocanrol y Canciones del Futuro 2011, o El Arte de la Fuga 2014); un libro de prosa (Minoría absoluta, 2014) y ocho discos-; como ejemplo Los diarios (2009), que dan constancia de su camino juglaresco, que por estos días lo trajo a México, al Festival Internacional de Poesía de San Cristóbal del Las Casas. 

Vadik Barron Foto Alvaro Valero

Foto de Álvaro Valero

 

A pesar de la cercanía con Bolivia es poca la literatura que llega a Chile, dado que el sistema editorial transnacional irriga desde las metrópolis españolas y mexicanas los sures sin unirlos. Gracias a la Feria Internacional del Libro que organiza la poeta chilena Gladys González en Valparaíso, dedicada el año pasado a Bolivia, me encontré con Vádik Barrón frente a mi puesto, de pie, detrás de una maleta abierta con poesía boliviana y unos lentes oscuros, indicadores de las exploraciones nocturnas del puerto.

 

Este boliviano de Moscú data de 1976 y en su libro insiste, porque la poesía es una forma de la necedad, en la palabra espasmo. En cinco poemas del mismo nombre, o cinco partes del mismo poema, Barrón crea contextos para esta designación médica del gesto muscular. Gesto de vida que envuelve lo antiguo y lo moderno, la confusión en donde se mezclan la clarividencia de los ríos y los delirios urbanos de los dioses. Desde el ellos y el nosotros de las tribus fortuitas, Vádik levanta una ciudad que es campo -de batalla de buenas intenciones; sacro purgatorio de los corazones baldíos; hogar de un mundo que no es bueno ni malo: tan solo una estrella salvaje/ que avanza a toda velocidad/ hacia su hermosa destrucción.

 

Tal vez del asombro de seguir aún de pie, tras la guerra fría, provenga esa esperanza empecinada en el viaje hacia el interior, ese movimiento hacia la entraña de la experiencia que es el espasmo. Una mirada reverente de la ciudad hacia el cielo vencedor, la piedra generosa. A la ciudad descrita como nonato horroroso, o matrona orate, se le exige un buen nacimiento. Sin embargo a sus calles, piernas abiertas, todo se le perdona, en nombre de un dios libertino.

 

¿Qué hay aquí que nos hable de Bolivia en específico, de una esperanza particular en la lengua española, la aymara y la quechua/ hermanadas en la miseria de la muerte absurda? Sólo una palabra: amártelo. La desgracia humana de sentir lo que no está ahí, de percibir la ausencia, es a la vez origen del lenguaje. La propiedad de hablar de algo ausente, o la de hacerlo presente mediante el nombre, se revela en esta palabra que designa la dulce enfermedad de extrañar.

 

Sauce

Hay que ir y preguntarle al sauce

de qué está hecha la ausencia,

que acordes tiene la canción del río,

qué luceros penden de la madrugada.

 

Hay que ir y sonsacarle al sauce

los sueños de la piedra y del éter labriego,

tips de peluquería,

colores santos del rocío suspendido.

 

Hay que ir y orarle mil años a un sauce

para aprender el secreto de la fraternidad,

del alma de la tierra colorada,

del amartelo eterno de esta frágil vida.

 

 

¿De qué está hecha la ausencia? Dice Barrón que el sauce lo sabe. Lo que me remite a la canción My only love de Bryan Ferry, del álbum Flesh and blood (1980), que parece a ratos una canción campesina: “Hay un río que fluye junto al sauce: cuando necesites saber, recuérdame: mi único amor (…) El cielo sabe lo difícil que es rezar.” De alguna manera hay que conciliar lo esperanzado permanente y trascendente de la vida orgánica cósmica, y lo desangelado desechable de la vida química, plástica.

Con oraciones de polvo, polvo de estrellas tontas, locas, vagabundas, en estos cantos se celebra una cosmogonía precaria, donde no hay otra materia para fabricar los dioses que la plastilina, y el amor es un arma de destrucción masiva.

 

Aún así o por eso mismo, el gesto final es hacia el futuro vigor, como lo quería Rimbaud y como lo apuesta Nicanor Parra al mañana, ese día que no llega nunca/ pero que es lo único /de lo que realmente disponemos. En Espasmo [5], que cierra el libro, Vádik Barrón a su vez formula:

 

Le deseo música al cielo del futuro

te deseo jazmines para el resto del camino.

Algo hermoso viene a nuestro encuentro:

vamos a abrazarlo. 

 

Carmen Violeta Avendaño. Santiago de Chile, 1976. Ha publicado, entre otros, los libros Madre Sol (Jitanjáfora Morelia Editorial, 2006); Adiós Rimbaud, (Universidad Autónoma de Nuevo León, 2013), Nada significa nada, (Libros del Perro Negro, 2016). Articulista en medios de México y Chile, y responsable de los proyectos El Árbol Ediciones (2002-2014) y Ediciones Moneda, que dirige en Chile desde el 2017. 

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